'Vida en pausa', la historia real de los niños que entran en coma cuando se les niega el asilo político a sus padres

Fue a finales de los años noventa del pasado siglo cuando la sociedad sueca entró en el desconcierto al comenzar a registrar los primeros casos de una enfermedad rara con unos pacientes muy concretos a la par que doblemente vulnerables: niños pertenecientes a familias solicitantes de asilo en Suecia. Menores encerrados en un cuerpo que se pone en pausa cuando la presión se vuelve insoportable. Aplastados por el trauma, entran en un inexplicable coma que sigue pasmando a la ciencia.
Síndrome de apatía fue su denominación primigenia. Otros hablaban de catatonia, pero en realidad nadie sabía realmente cómo llamarlo ni enfocarlo. Un problema sanitario, pero también migratorio, social, burocrático y administrativo que se fue reproduciendo en cientos de familias procedentes de países en conflicto, esencialmente del bloque del Este. Niños que no habitaban en sus cuerpos, que no respondían a estímulos, sondados para comer y hacer sus necesidades, incapaces de enfrentarse a la deportación. Perplejidad y confusión hasta llegar al diagnóstico y la denominación: Síndrome de Resignación Infantil.
"Está diagnosticado desde 1998 y se convirtió en síndrome en 2014", explica a infoLibre el cineasta griego Alexandros Avranas, director de Vida en pausa, la película que llega a los cines españoles el viernes 4 de abril y que muestra por primera vez en la ficción un tema al que la prensa de todo el mundo se ha asomado con curiosidad especialmente durante la última década. "Ahora hay más artículos, pero la mayoría de la época eran en sueco, porque en Suecia ha sido siempre un tema importante y también molesto", apostilla.
La porfía social generada por este Síndrome de Resignacion Infantil puso rápidamente de manifiesto el recelo hacia el que llega de fuera, ese desconocido incómodo cuya sola presencia molesta. Algo multiplicado exponencialmente en este caso, pues parece que el proceso de cura solo se inicia cuando la familia recibe una resolución favorable a su petición de asilo y el entorno íntimo deja de ser asfixiante para volver a ser, con suerte, un poquito habitable.
La suspicacia es, en cualquier caso, inevitable. También públicamente objeto de debate, como señala Avranas: "Durante años la ultraderecha ha dicho que era algo fingido, que los menores lo hacían a propósito para que los padres se quedasen en el país. Pero los médicos decían que eso era físicamente imposible. Hasta ahora, nadie realmente entiende la causa y cómo puede ocurrir, pero ya por lo menos creen que es un síndrome. Habrá alguno fingido, pero es muy fácil darse cuenta de que no lo es".
Concede en este punto el cineasta que, de alguna manera, podría ser esta una enfermedad burocrática en la que los niños son las "víctimas de un sistema que no saben que existe", porque tampoco "saben qué es". "Ellos son los más vulnerables, no han hecho nada", recuerda, al mismo tiempo que destaca que, en el caso concreto de esta película, "los padres luchan súper estresados por tener una vida" hasta el punto de que "se les olvida" precisamente cómo ejercer la responsabilidad que tienen hacia sus hijas.
"Hemos creado un sistema de familias, de ciudades, de gobiernos, y aquí vemos lo que le está haciendo a la nueva generación", plantea, insistiendo en la necesidad de proteger a los más pequeños. "Este es un sistema kafkiano que hemos creado pero que ya no funciona para nosotros, aunque al mismo tiempo lo alimentemos. Es este sistema el que crea la distancia entre los seres humanos, algo que ocurre en todos los países, no solo en este caso con los niños en Suecia. La burocracia es el resultado de un sistema en el que el Estado intenta siempre ser poderoso y ganar. La pregunta es qué significa realmente ser un ciudadano y tener derechos, cuáles son esos derechos", argumenta.
Vida en pausa se desarrolla en un ambiente de frialdad administrativa impenetrable, con diseño de producción de Markku Pätilä, director de arte habitual de Aki Kaurismäki. Una apuesta que potencia una realidad de apariencia distópica, donde la perfección escandinava queda en entredicho a través de unos funcionarios con carencia absoluta de empatía. "Quería mostrar esa frialdad, esa soledad que sienten cuando viven en ese país que no es el suyo y tienen que demostrar que son merecedores de una acogida donde no se les espera", explica. "También quería crear esa sensación de que el Estado culpa a los padres. Por eso una pediatra, en lugar de explicar lo que ocurre, pregunta qué le han hecho a su hija para que caiga en coma", añade. "Eso, en un momento en el que los padres ya no tienen nada que decirse, pues lo han dicho todo demasiadas veces. Nos costó mucho escribir los diálogos de pareja, porque en realidad solo están esperando en un limbo", apostilla.
Por eso, remarca, la película también habla de "cómo criticamos a la gente y cómo creamos ciudadanos de clase A y de clase B" en un mundo en el que el de los refugiados es uno de los mayores problemas que afrontar por todos los países. Es por ello que en este film querían sacar el tema "fuera de parámetros como la religión" y darle un enfoque más humanista: "Cuando hablas de refugiados siempre piensas en Siria, Afganistán, Iraq, Irán... pero no es solo así, porque esto es algo que quizás vaya a ocurrir en muchos países europeos por el cambio climático o si hay una guerra. Por eso esta película aspira a ser más universal".
"El problema de los refugiados puede extenderse por toda Europa", avisa. "Es un problema europeo, está aquí entre nosotros, da igual el color o de donde procedas, olvida la religión. El problema está aquí, por eso hace falta empatía y esperanza honesta", subraya, antes de terminar lanzando un mensaje optimista: "Espero que los espectadores sientan que la generación de estos niños será la que nos salve. Nosotros no fuimos capaces de protegerlos, vale, pero ellos quizás sí que hayan aprendido algo. Ellos pueden tener el poder y la fuerza".
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Vida en pausa cuenta en su reparto con los actores Chulpan Khamatova (Good bye, Lenin!, La fiebre de Petrov), Grigory Dobrygin (ganador del Oso de Plata a Mejor Actor en el Festival de Berlín por Cómo terminé este verano), Naomi Lamp, Miroslava Pashutina y Eleni Roussinou.
Habitual de grandes festivales, como otros directores de la nueva ola griega, Alexandros Avranas, ha sido triplemente premiado en el Festival de Venecia por Miss Violence, con, entre otros, el León de Plata a Mejor Director. También su anterior largometraje, Love me not, fue aplaudido en el Festival de San Sebastián, entre muchos otros certámenes cinematográficos.
Con Vida en pausa, su quinta película, ha vuelto al Festival de Venecia, donde ha competido en la Sección Orizzonti. En España, tras su paso por la Sección Oficial del Festival de Sevilla y la Sección Direccions del D'A - Festival de Cinema de Barcelona, llegará a los cines este próximo 4 de abril de la mano de La Zona.