Los nacimientos de hijos de inmigrantes en pueblos pequeños se disparan desde hace dos décadas

La España rural de interior hace décadas que empezó a tener municipios que sólo conocen a los niños de visita. Sus parques se oxidan esperando el buen tiempo, algún puente o las vacaciones de verano. Cuando vuelve a nacer un bebé en uno de estos pueblos, se vive como un acontecimiento, como casi un milagro o una señal: la sentencia de desaparición es reversible, la vida podría volver a florecer aquí de nuevo, no todo está perdido.
La noticia del nacimiento de Ayoub, hijo de migrantes marroquíes, este invierno en Vega de Villalobos (Zamora) ha adquirido ese cariz. Enero y febrero son los meses más duros, por fríos y solitarios, en la España más despoblada. Un primer nacimiento en 18 años es una primavera colándose en el espeso invierno demográfico. El de Ayoub emite una doble señal: la España vacía mira a la llegada de inmigración extranjera como la última posibilidad no sólo de resistir sino de volver a ser escenario de todas las etapas de una vida, y no simplemente quedar como lugar de jubilación, de escapada o de veraneo.
En los municipios españoles de menos de 500 habitantes, como Vega de Villalobos (91), el número de nacimientos de hijos de inmigrantes ha crecido un 72,35% en las últimas dos décadas, según los datos solicitados al Instituto Nacional de Estadística (INE) por infoLibre. En 2023, el último año disponible, nacieron 586 bebés, frente a los 340 de 2003. El máximo se alcanzó en 2008, con 677, el año en que la crisis económica frenó los flujos migratorios, también hacia la España rural. En la última década, la cifra se ha mantenido estable alrededor de los 550 nacimientos.
Esas tendencias se replican si ampliamos el rango hasta los municipios de menos de 1.000 habitantes. Los nacimientos de hijos de inmigrantes pasaron de 780 en 2003 a 1.342 en 2023, un aumento del 72,05%. El pico se registró también en 2008, con 1.693. Y en la última década la cifra se ha mantenido asimismo estable por encima de los 1.300. El criterio que utiliza el INE para definir a los hijos de inmigrantes es el país de nacimiento de la madre porque siempre está presente y su información se registra en todos los casos. En cambio, esto no ocurre necesariamente con el otro progenitor, ya sea porque no esté presente o porque no declare su país de nacimiento.
El valor del ejemplo
El nacimiento de hijos de inmigrantes en la España en riesgo demográfico tiene tanto valor cuantitativo como cualitativo. “Y muchas veces es más lo segundo que lo primero, porque significa interrumpir una tendencia. El nacimiento de una persona no soluciona nada por sí mismo, pero sí puede servir de ejemplo para otros”, explica a infoLibre Luis Antonio Sáez, director del Centro de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo de Áreas Rurales (CEDDAR) de la Universidad de Zaragoza. “Es muy importante la ejemplaridad que nos pueden dar otras personas que vienen de otros lugares. Su llegada tiene el valor de mostrarnos que se puede hacer un proyecto de vida en esos pueblos, con tu itinerario y preferencias”, añade.
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Cada semana algún pequeño Ayuntamiento de la España despoblada sale en las noticias locales por ofrecer alguna versión propia del cheque bebé como medida de fomento de la natalidad, pero lo cierto es que esas ayudas (que no suelen superar los 600 euros) se dan con el requisito de llevar empadronados en el pueblo un determinado tiempo. “Son decisiones de peso muerto: estás subvencionando algo que sucedería al margen de tu medida. Nadie tendría un hijo por una pequeña ayuda. Lo que sí es importante es que haya políticas familiares, una guardería de 0-3 años, o una casa-canguro en la que una persona mayor cuide o un centro donde se ofrezcan cuidados para diferentes tipos de necesidades. Estas medidas que facilitan la vida sí son clave”, indica el experto.
Conseguir que lleguen y que quieran quedarse
El desafío de estos municipios, donde a veces sólo queda abierto (y en peligro) el bar, es que quienes recalan allí consoliden la decisión de permanecer porque puedan construir una vida satisfactoria. “La unidad de análisis no debe ser el pueblo sino el área funcional a 45 minutos de movilidad. Hoy la movilidad y también, cuando es posible, el teletrabajo nos permite combinar todo. Sin idealizar, los pueblos tienen mucha potencialidad”, considera Sáez. Esa movilidad que ensancha el mercado laboral al que se puede acceder viviendo en un pueblo pasa en la España rural por el vehículo personal, por lo que otra medida que apunta el profesor, más efectiva que los cheques bebés, es facilitar la obtención del carné de conducir, especialmente a las mujeres.
Un rasgo característico de la migración como es la capacidad de adaptación es un elemento que favorece tanto su asentamiento en un entorno rural, donde hay limitaciones pero también mucho por explorar, como el impacto positivo de su llegada a municipios ávidos de personas con energía y ganas de crear posibilidades de vida e imaginar futuro donde hace mucho que sólo se oye el eco de la resignación. Tan sólo unas pocas personas o familias podrían cambiar el destino de algunos de estos municipios pequeños: más simbólico aún que un nacimiento es, por ejemplo, la reapertura de una escuela rural. “En la cuestión migratoria se necesitan medidas transversales y solemos ser muy sectoriales en la política. Es necesario plantear cómo estos municipios pueden ser atractivos, cómo se soluciona la dificultad del acceso a la vivienda, otra clave, con casas que no se pueden vender o alquilar porque son una herencia de varias personas que no se ponen de acuerdo, por ejemplo”, señala el profesor. La llegada de personas con todo un proyecto de vida por construir puede contribuir a ese atractivo, ser en sí misma un reclamo: si otras personas ven que hay posibilidades más allá de las grandes ciudades, donde el coste de la vida se come las posibles ventajas salariales, también lo intentarán.