Renée Zellweger vuelve en ‘Bridget Jones: Loca por él’, la mejor entrega de la saga desde la original

Fotograma de 'Bridget Jones. Loca por él'

El título de la columna de Suzanne Moore aparecida en The Guardian no podía ser más explícito: Por qué odio a Bridget Jones. Respondía a la reciente publicación de la tercera novela de Bridget Jones tras un hiato de 14 años, durante los cuales Helen Fielding había asistido a cómo su álter ego —aparecido originalmente en unos artículos con los que reflexionaba exageradamente sobre su propia vida— saltaba al cine y ensanchaba el fenómeno. Moore, por su parte, ya estaba harta de él en 2013 y le consideraba un personaje desfasado, propio de un frívolo post-feminismo

“La tan cacareada independencia de Bridget, conseguida gracias a los movimientos feministas de las dos décadas anteriores, se reduce a la libertad de emborracharse, pasarlo bien con las amigas y hablar abiertamente de sus deseos sexuales”, escribía Moore. “La identificación con Bridget que tanto pregonan los medios dirigidos a mujeres viene de la superación personal, del ‘yo’ como clave”. La lectura de Moore ponía en cuarentena la extendida afirmación de que el triunfo cultural del personaje de Fielding se había debido a que era una “mujer normal”, con “problemas normales”, y la anclaba al contexto de la burbuja económica de una década concreta. Dos años después de publicarse la primera novela, en 1998, Sexo en Nueva York había empezado a emitirse.

Moore escribía entonces con la certeza de que esa “normalidad” —es decir: blanca, hetero, de clase media, con un trabajo estimulante y la soltería como inquietud central— languidecía. Tenía buenos motivos para ello: la Gran Recesión de 2008, por ejemplo. También el modo en que había cambiado el mercado editorial desde los años 90, cuando El diario de Bridget Jones hubo de abanderar la chick lit (‘libros para chicas’). Esta etiqueta vendría a desgajarse durante los comienzos del siglo XX entre subconjuntos como el young adult, el “porno para mamás” de Cincuenta sombras de Grey o la desenfrenada producción de Wattpad, con la saga After y alrededores.

Distintas vías de mercado vendrían a hacer justicia a esos segmentos a los que la miopía burguesa de Fielding no podía llegar, pero a Bridget Jones aún le quedaba el golpe de gracia: un año después del estreno de la tercera película protagonizada por Renée Zellweger (Bridget Jones’ Baby), estalló el MeToo. Ahora sería más incómodo que nunca observar los acechos de Daniel Cleaver (Hugh Grant) en la oficina, la alegría de Bridget al sufrir acoso sexual. El personaje de Helen Fielding se convertía definitivamente en una reliquia de los 90 y el público no iba a seguir respondiendo a sus anquilosadas neurosis. No parecía siquiera operativo intentar algún tipo de actualización.

Aún así, y al igual que Sexo en Nueva York ha regresado como And Just Like That, aquí tenemos de vuelta a Bridget Jones. Con Fielding repitiendo de coguionista, tal cual hizo en entregas anteriores para adaptar aquella novela que tanta antipatía le generó a Moore en 2013. Es decir, Bridget Jones: Loca por él, material de partida para esta cuarta película. La tercera, Bridget Jones’ Baby, se la había saltado para adaptar unos textos más recientes de Fielding, con lo que se podría decir que esta es la continuación literariamente canónica de Bridget Jones: Sobreviviré. Es algo que se nota rápido, cuando los habituales guiños de Fielding a Jane Austen asaltan un diálogo muy ocurrente: ¿es comparable el sexting de nuestros días al intercambio de cartas en la Inglaterra georgiana?

Bridget debe seguir adelante en el mundo contemporáneo. Ha ido cumpliendo años al mismo ritmo que dicho mundo los cumplía, y ante las crecientes complicaciones de su época no puede más que reaccionar con su desparpajo característico. Bridget Jones: Loca por él, en la primera de las buenas noticias que trae consigo, no necesita poner a su personaje a discutir sobre avances sociales, ni tampoco insistir en que posee algún tipo de valor genuino frente a las acometidas más juveniles o concienciadas del presente. Es ilustrativo, en ese sentido, cómo este cuarto film aborda el romance de la protagonista con un chaval (Leo Woodall) varias décadas más joven que ella. Que es, básicamente, con chistes de yogurines y pañales a cargo de las amigas de Bridget.

La creación de Helen Fielding sigue siendo, en resumen, inofensiva, y puede respirar cómodamente ahora que no tiene necesidad de representar a generación alguna. El departamento de márketing está a otras cosas, se conforma con que Bridget Jones: Loca por él ofrezca un dócil nuevo reencuentro, y es justo desde esta comodidad donde surgen las mayores e inesperadas virtudes de la película. Porque, volvemos a los mismo, los años han pasado, y Loca por él se permite mover la saga hacia un terreno crepuscular, donde las bufonadas de Bridget Jones pierden volumen —lejos quedan los tiempos de Sobreviviré, cuya comedia a costa de la protagonista era prácticamente torture porn— en favor de la reflexión y el encaje en lo cotidiano.

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El punto de partida que favorece este cambio de tono ya chocó lo suyo a los lectores originales —quizá por ello los productores de la saga no quisieron arriesgarse a adaptarlo en el comeback previo de 2016— y es que Bridget se ha quedado viuda. Su gran amor Mark Darcy, Colin Firth, ha muerto al inicio de Loca por él, con lo que la protagonista debe criar sola a sus dos hijos sin interés por conocer a ningún otro hombre. Esta actitud, claro, dura más o menos lo que tardan en llegar los créditos iniciales, pero deja una marca indeleble en la película. Las desventuras de Bridget ahora rebosan madurez y serenidad. Incluso, en otra idea de guion estupenda, ha sabido reconducir su tormentosa relación con el personaje de Hugh Grant a una dulce amistad entre personas adultas.

Loca por él lo apuesta todo a esta plácida relectura de los atractivos del fenómeno de Bridget Jones. De tal modo que se basta y se sobra para ser la mejor secuela que haya tenido nunca El diario de Bridget Jones, con una concreción de sus objetivos que pasa incluso por celebrar la memoria de la saga y empezar a acicalarse con los ropajes de la despedida. Estas prioridades tan bien atemperadas no apelan sin embargo a otros aspectos de la producción como su paupérrimo aspecto formal —en EEUU Loca por él llega directamente a streaming y se nota de cabo a rabo que ese fue su destino original—, algún ramalazo de cursilería o la excesiva duración, que supera las dos horas.

Este abultado metraje respalda por otro lado el caos cotidiano que el director Michael Morris, Fielding y los demás desean reflejar con la película, saltando de una trama a otra y de un nuevo interés amoroso a otro sin más cálculo que la denodada capacidad de Bridget para meterse en líos. El personaje de Fielding se acerca así a cumplir 30 años desde su debut literario, y lo hace con la calma otoñal de saber que el zeitgeist le ha dejado atrás. Así que, ahora, solo queda vivir.

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