Clara Usón en el avispero vasco

Las fieras - Clara Usón

Seix Barral (Barcelona, 2024)

De esta novela, me llama la atención la ambición del proyecto y el que se trate de un tema valiente que todavía les resulta incómodo a no pocos, para empezar. Contar qué fue y cómo actuaron la ETA y los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) durante una parte de los años 80, qué papel desempeñó en esa lucha el gobierno, la Guardia Civil, Francia, o el poco airoso protagonismo –por ser benévolo– que tuvieron el PNV y la iglesia vasca, es lo más parecido a meterse en un avispero.

Se trata, en suma, de una narración basada en hechos reales, que tiene su origen –lo ha confesado la autora– en una noticia de periódico. Decantarse por el género supone recurrir a la invención, imprescindible para completar detalles, conversaciones y conductas, aunque sin perder de vista el fundamento real de los mismos. Y como algunos de los lectores seguro que conocieron ciertas versiones de los hechos referidos en el momento en que se produjeron, no ha podido la autora alejarse apenas de la verdad establecida, mientras que lo que tenga de invención debe resultar verosímil. En un apartado final, denominado Bibliografía, aunque sea más que una mera lista de libros consultados, que tampoco faltan, comenta que se ha documentado a fondo, algo que resulta imprescindible en este tipo de libros; sin que la documentación, como ocurre en este caso, no llegue a estorbar la narración.

El plural del título nos obliga a preguntarnos quiénes son las fieras. La principal, la más feroz, sin duda, es Idoia, apodada la tigresa, aunque ni los matones de los GAL, con menos protagonismo y atractivo que ella, como Amadeo, ni sus desdibujados compinches de ETA, le van a la zaga. En menor medida, también lo es María/Miren, quien delata a su padre, miembro de los GAL, por solo citar a las principales. Sea como fuere, no está de más recordar que los patriotas vascos asesinaron a 900 personas, mientras que los españoles mataron a casi 30, aunque no debe olvidarse que, detrás de estos últimos, había miembros del aparato del Estado. 

Las fieras es, en cierta forma, una novela coral, aunque las protagonistas principales son María Ortega e Idoia López Riaño y, en esencia, los asesinatos en el País Vasco. La narración se vale de tres voces principales: las de María/Miren, Idoia y Amadeo, el policía que aparece –digámoslo así– como portavoz de las ideas de los GAL. Se trata, además, del jefe de Paco, el padre de María, un personaje cuya conducta roza lo esperpéntico. Pero si Idoia es un ser real, todavía vive, María y Amadeo son inventados y, en cierta forma, responden a arquetipos, aunque con su complejidad inevitable. María ha decidido acercarse al mundo nacionalista, incluso se ha cambiado el nombre (detalle que no resulta del todo infrecuente entre los nacionalistas periféricos), para alejarse de su familia, sobre todo de su progenitor. El caso es que Miren se enamora de Julen, un abogado vinculado a Herri Batasuna, quien apenas le hace caso. Y comparte algunas características, si bien aparece contrapuesta a Idoia López Riaño, hija también de emigrantes, aunque en su caso sean partidarios del nacionalismo vasco, pero Idoia acaba en ETA, en cuyo nombre comete numerosos asesinatos, el primero en 1984. Estoy seguro de que, a los lectores, les llamará la atención que en las 150 primeras páginas de la novela, Idoia se muestre disconforme con el relato de María, aunque no acabo de ver cómo dichas intervenciones encajan con naturalidad en el conjunto de la narración (páginas 20, 41, 80, 84, 89, 129, 134, 147 y 149). Además, si alguna característica comparten Idoia y Amadeo es el idealismo, la creencia de que la violencia puede solucionar un problema político. Sea como fuere, los personajes son complejos, no meras caricaturas, y la autora intenta entenderlos, sin por ello justificar su conducta.

La lengua, siendo funcional, resulta adecuada para contar esta historia. Intenta reproducir el habla de los distintos personajes, ya sean punkies, ya miembros de los GAL; cada uno con su léxico y jerga propia. Llama la atención que una de las palabras que más se repite sea follar y sus variantes, aunque la narración no tenga nada de erótica.

Al final, Idoia, tras pasar 20 años en la cárcel, va alejándose del terrorismo e intenta edulcorar su siniestra trayectoria. Clara Usón no solo recoge lo que sabemos del personaje, sino también su leyenda, tal y como se nos fue transmitiendo durante aquellos años, pues la combinación de belleza (a veces, la belleza puede ser un baldón, y en el caso concreto de Idoia, debió de perjudicarla, más que favorecerla, dado el ámbito en el que se movía) y violencia extrema; las supuestas relaciones sexuales que mantuvo con policías despertaron el interés de los medios, ávidos siempre de ocuparse de lo escandaloso. El caso es que Idoia, que la autora presenta con ribetes feministas, diría que forzados, aunque es cierto que generó en los medios comentarios machistas, intenta emular a Tania, la compañera del Che Guevara, y luego a Yoyes, asesinada por sus propios camaradas cuando decidió abandonar la organización y reintegrase en la sociedad, acogiéndose a la vía de Nanclares de Oca, como haría años después nuestro personaje. La tachada de tigresa aparece en la narración como fanática y narcisista, con una gran empanada mental, por decirlo coloquialmente, que la llevó a defender ideas aberrantes y a participar en el asesinato de 23 personas.

También se contraponen las ideas de ETA con las de los GAL, aunque dudo mucho, como ha comentado la autora en una entrevista, que el fracaso de la Transición empezará con la creación de los GAL, ni que fuera un fracaso como a veces suele repetirse. Clara Usón se desenvuelve mucho mejor en el terreno de la ficción que en el de las opiniones políticas, frecuentes en las entrevistas que ha concedido; en las que me temo que opina más con el corazón. Por ello, los principales protagonistas del enfrentamiento, su historia, aparecen también en esta narración. Por un lado, los dirigentes de ETA, entre ellos la citada Yoyes, asesinada en 1986, por traidora; por otro, los responsables de los GAL: Barrionuevo, Amedo, Damborenea..., así como los mercenarios contratados, y los policías que los justifican y comparten sus ideas. Se ha repetido, no sin razón, que en aquellos años, buena parte de los españoles, vascos incluidos, no veían mal del todo las actividades de los GAL, o miraron para otro lado. Pero, además, en esa mezcla de lo privado y lo público que baraja bien la autora, fue María quien confesó que su padre formaba parte de los GAL, y en el mismo atentado en que lo asesinaron, cayó también su hermano Javi, de 19 años, al estar en un lugar que no le correspondía. Valga como ejemplo de eso que los canallas suelen tachar de daños colaterales. El caso es que estos hechos trajeron como consecuencia el suicidio de Nieves, la madre, una mujer maltratada por su marido, quien la acusaba de serle infiel.

Como ocurría en La hija del este (2013), quizá la mejor novela de Clara Usón, aquí también se plantea las consecuencias sociales, políticas y privadas que acarrea creer en dogmas, así como las del fanatismo y la intolerancia del nacionalismo radical, quien pensó que, asesinando a la gente, podrían cambiar la sociedad. Sabemos, además, en esta narración vuelve a ponerse de manifiesto, que ETA no solo fue una banda criminal, sino que también eran racistas y machistas.

En suma, Clara Usón (Barcelona, 1961) se muestra muy crítica con la ETA, pero también con los GAL. Pero no se queda ahí, pues cuestiona asimismo opiniones y conductas privadas, como las de Idoia, María/Miren, su padre Paco, el amigo y jefe de este, Amadeo, el abogado proetarra Julen, etc., quienes, a veces, en algunos momentos de lucidez, se plantean dilemas morales. Al final, se desentraña el misterio de quién asesinó a Pedro y a su hijo, acción con que había arrancado la narración. De todos estos hechos, se desprende la pregunta que se formula la autora, lo ha recordado Ignacio Martínez de Pisón ("El destino de Idoia", La Vanguardia, 14/06/2014): en qué momento y por qué alguien se afilia a ETA, o a los GAL, y acaba cometiendo asesinatos, condicionando así el resto de su existencia. 

Varias de las claves de esta historia las encontramos ya en la dedicatoria y en las citas iniciales. A los que dudan, la dedicatoria inicial, va destinada a aquellos que no solo tienen certezas; y las tres citas que siguen, al comienzo de la novela, son frases de Horacio, Malraux y Hannan Arendt. La primera es la versión del lema "Pro patria mori", utilizado como título en numerosas obras, entre ellas, una de Dalton Trumbo, y en la meditación sobre el franquismo de Antonio Martínez Menchén, publicada en 1980; la segunda exalta el valor de la vida por encima de cualquier ideal, por noble que sea, lo que no es el caso de ETA/GAL; y en la tercera, repetida por la autora alemana en entrevistas, y que Clara Usón ha dicho compartir, se afirma lo siguiente: "Nunca en mi vida he querido a ningún pueblo o colectivo (...), solo quiero a mis amigos, y soy completamente incapaz de cualquier otro amor". Afirmación que podría dar pie a una interesante discusión, en la que no podemos entrar aquí, aunque me quedo con las ganas. 

Como comenta la narradora en el desenlace del capítulo décimo primero (página 283), tras salir de la cárcel, Idoia no volvió a comparecer en público, ni a hablar de ETA, "deseosa de caer en el olvido, de que la dejaran en paz, pero justo esto era lo que yo no podía hacer, dejarla en paz". 

Cuando se cumplen quince años del último atentado de ETA que causó muertes, disponemos de unas cuantas buenas narraciones sobre el terrorismo vasco, en castellano y en lengua vasca, de Raúl Guerra Garrido (Lectura insólita de El capital, 1976), Ramiro Pinilla, Ramón Saizarbitoria (Cien metros, 1976 y 1979 en castellano; Los pasos incontables, 1995 y 1998; Martutene, 2012 y 2013), Bernardo Atxaga (Esos cielos, 1995), Harkaitz Cano (Twist, 2011 y 2013) y Fernando Aramburu (Los peces de la amargura, 2006; y Patria, 2016). Quizá no haya llegado todavía el momento de recurrir a lo esperpéntico para contar esta historia, aunque no lo descartaría en el futuro. El intento de Fernando Aramburu, en Hijos de la fábula (2023), de convertir a dos jóvenes etarras en muñecos de guiñol, no me parece que funcione como debiera. Por último, no quiero olvidarme de Edurne Portela (El eco de los disparos: cultura y memoria de la violencia, 2016), por solo citar algunos nombres relevantes. A todos ellos, se suma ahora esta atinada novela de Clara Usón, quien logra salir airosa del avispero en que se ha metido.

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P.S. En la contracubierta, se afirma que la autora ha ganado el Premio Nacional de la Crítica, un premio que no existe. Debe referirse al Premio de la Crítica, que sí obtuvo Clara Usón con La hija del Este (2012).

 

* Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universiodad Autónoma de Barcelona y crítico literario. 

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