Ficción y asesinato Joaquín Jesús Sánchez

Esta semana, como casi todo el mundo, aparentemente, he visto Adolescencia en Netflix. En la miniserie, de tan solo cuatro capítulos, Jamie, un adolescente de tan solo 13 años, es acusado del asesinato de Katie, una chica de su instituto.
Durante los últimos días, las redes se han llenado de reflexiones y comentarios sobre el peligro de la llamada manosfera. Con 'manosfera' nos referimos al conjunto de comunidades en línea y creadores que utilizan su contenido para captar a hombres con la intención de propagar e implantar discursos misóginos, de exaltación de la hegemonía de la masculinidad tradicional, y también a menudo racistas, LGTBIQfóbicos, neoliberales e hiper-capitalistas. Esos streamers, gurús, coaches y tiktokers que buscan atraer a público masculino mediante contenidos con los que te “ayudan” a ser más rico, más fuerte, más atractivo para las mujeres, más exitoso en tu carrera laboral. Un líder, un macho alfa, un “hombre de alto valor” (término habitual en el mundillo). Fantoches que te aseguran que la clave para tener una mansión, un descapotable y traerlas a todas loquitas es hacer hogar en la individualidad absoluta, amoldarte lo máximo posible al ideal hegemónico y capitalista de todo lo peor que pensamos cuando oímos la palabra “hombre”. Es decir, ser un imbécil machista en tu vida personal y un lameculos que se cree que va a heredar la empresa en lo laboral. Un planazo.
Si de verdad queremos que esto deje de pasar, lo que tenemos que hacer es crear un clima social en el que estos mensajes, aunque sigan existiendo, no calen en las mentes de los más jóvenes
Cierto es que en Adolescencia se menciona esto en varias ocasiones y también se habla del efecto en los más jóvenes de la exposición a las teorías incel (“célibes involuntarios”). “Al 80% de las mujeres les atrae el 20% de los hombres”, aseguran. La teoría existe para “explicar” que ese 80% de los hombres restante tiene que “ganarse” a las mujeres mediante estrategias, engaños, fórmulas de maltrato psicológico que las hagan vulnerables y dependientes ante ellos. Y sí, son teorías que, por muy basadas en lo de siempre que estén, vuelven a ganar peso a día de hoy entre los más jóvenes.
Lo que algunos análisis parecen dejar de lado es que la propia serie nos advierte del peligro de esta manosfera, pero el grueso de su denuncia se lo llevan otros muchos, muchísimos elementos. La serie no exagera cuando nos muestra a un niño convertido en asesino machista. Solo en España ya tuvimos varios casos así durante el año pasado. Un joven de 22 años asesinando a su novia menor de edad embarazada. Un adolescente de 17 acabando con la vida de su novia de 15. Y sí, claro que el éxito de la manosfera y la cultura incel tienen un efecto terrible en el aumento de la misoginia y la violencia machista entre los más jóvenes. Pero no basta con apuntar solo a eso.
Quedarnos con una lectura en la que la culpa de que haya hombres adolescentes asesinando a sus novias es, exclusivamente, de los contenidos que ven en Internet, nos impide profundizar en las circunstancias que esos creadores aprovechan para que sus mensajes puedan calar. Es decir, evita que ataquemos a la raíz del problema.
La miniserie, por cierto, grabada en su totalidad en plano secuencia (lo cual pensé, honestamente, que sería una pijada o me provocaría aburrimiento, pero lo cierto es que asombra cuánto puede llegar a contar cada silencio, cada desplazamiento y conversación frívola), dedica tiempo a señalar, de forma sutil, mil circunstancias, comentarios, estructuras y dinámicas distintas que facilitan que los mensajes de la manosfera calen en la población masculina.
Adolescencia señala a las comunidades misóginas de Internet, pero también señala a las estructuras sociales y patrones culturales que crean el ecosistema en el que estas pueden tener éxito. Jamie, el protagonista, tiene como a su principal referente a su padre, un hombre que parece cumplir la mayoría de las expectativas de la masculinidad hegemónica, y que parece ser el primero que pone esa presión de cumplirla también en su hijo. Ellos mismos describen como es quien apunta al adolescente a todos los deportes posibles, aún sabiendo que no se le dan bien (un clásico, especialmente para infancias LGTBIQ+, y si no, que me lo digan a mí), y cómo su vergüenza hacia su propio hijo se vuelve evidente cada vez que este no demuestra aptitudes para el fútbol. Jamie empieza a sentir que no alcanza los mínimos de la masculinidad hegemónica, lo que se espera de cualquier hombre, dentro de su propia casa. En otra ocasión, describen cómo el padre derriba la caseta del perro a puñetazos en un ataque de rabia. “Pero no pegó a mi madre, pegó a la caseta”, dice el adolescente excusándolo.
En el instituto, la situación no es mejor. El centro escolar, representado como un lugar caótico, con jóvenes hacinados, dependientes de profesores que no tienen el tiempo ni la capacidad de responder a todas sus demandas ni vigilar todo lo que pasa ante ellos, se convierte en el escenario de una nueva competición masculina, esta vez entre los alumnos. Jamie es bajito, es percibido como débil. Nunca ha tenido contacto físico con una chica. Va perdiendo esa competencia en la que se convierten las conquistas sexuales. Sus compañeros se ríen de él, porque en la escalera hacia la masculinidad hegemónica, los peldaños son las cabezas de quienes salen perdiendo en el reparto de roles del sistema sexo-género: primero las mujeres, después las disidencias sexuales, y después las masculinidades menos tradicionales.
El entorno en el que Jamie socializa le manda un mensaje constante: tu único objetivo en la vida, el único que te garantizará respeto, es alcanzar esa masculinidad hegemónica. Y esta se construye mediante agresividad. Mediante fuerza bruta. Mediante el sometimiento a otras personas, especialmente mujeres. Y quitarle la vida a alguien es la última forma de someterla.
Está muy bien tener constancia de qué ven los niños y adolescentes en redes sociales. Es necesario evitar que estén expuestos a mensajes que relacionan el éxito y la felicidad con individualismo, violencia y misoginia (y en esto tenemos trabajo todos, ya que las grandes plataformas de redes sociales se enriquecen de estos contenidos y los fomentan también por cercanía ideológica). Pero, si de verdad queremos que esto deje de pasar, lo que tenemos que hacer es crear un clima social en el que estos mensajes, aunque sigan existiendo, no calen en las mentes de los más jóvenes. Porque estos estén preparados para entender que su valía no depende de su fuerza. De su musculatura. De sus conquistas sexuales. Del sometimiento que puedan ejercer contra otros. Es necesario que se sientan escuchados, entendidos, que encuentren comunidad. Que prestemos atención a sus preocupaciones y demandas. Que creemos espacios para ellos. Y que borremos de la faz de la Tierra todas esas estructuras y jerarquías sociales que nos esclavizan sin darnos cuenta siquiera. Hagámonos a la idea de que, para que ellos cambien, los primeros que tenemos que cambiar somos nosotros.
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