Mujeres que eligen el campo: un entorno masculinizado acoge ahora nuevos proyectos de vida

2
Hiromi Sato en su casa

Un negocio familiar de exportación de jamón ibérico llevó a la japonesa Hiromi Sato de las principales ciudades de Japón a un pueblito salmantino de mil habitantes en plena Sierra de Francia. Violeta Serrano volvió a la aldea leonesa de la que se fue muy joven para construir una vida que ahora ve imposible en las grandes urbes donde alcanzó el éxito profesional. Luz Bella González saca adelante sola su explotación ganadera en un municipio de Zamora que ha sido el escenario completo de su existencia. Las historias de las mujeres que habitan hoy el campo por elección, de maneras muy distintas a las de antaño, son diversas pero convergen en un punto: un entorno con muchas limitaciones ha sido para ellas el que les ha permitido vivir de la manera más cercana a su deseo.

El único niño no albercano del colegio del hijo pequeño de Hiromi Sato era él. Esa fue la mayor dificultad que encontró al mudarse de Madrid a La Alberca, un pueblo de mil habitantes a una hora de Salamanca. “No por ser japonés o extranjero, sino por no ser de allí. En Madrid había muchísimos niños de todas partes”, cuenta a infoLibre esta mujer nipona que, cuando falleció su marido hace 13 años, eligió quedarse en el disperso medio rural de Castilla y León en lugar de regresar a su país con sus hijos o volver a Madrid, donde había comenzado su experiencia migratoria en España. “Cuando murió, tuve dudas sobre si seguir viviendo en España o no, sobre dónde hacerlo. Para mi propia vida era más fácil volver a Japón, pero pensé en mis hijos, que estaban estudiando y no hablaban bien japonés, y consideré que era mejor no someterlos a ese cambio tan drástico”, relata. Ahora, sus tres hijos ya son adultos y ella ha construido su propio proyecto de vida en el municipio: participa en una asociación de artesanía textil, forma parte del coro local y cultiva su propio huerto.

En provincias como Salamanca, que sufren de manera acusada el envejecimiento y la despoblación, los nuevos emprendimientos de mujeres como Sato, que desde hace unos años se dedica a talleres y ferias relacionados con el oficio de la lana, son una noticia esperanzadora en medio de la cascada constante de titulares desoladores sobre el vaciamiento. El escritor y consultor rural Ángel Poveda Polo se dedica a recoger este tipo de historias de la provincia en el blog Pobladoras, como “una ventana para descubrir las vicisitudes por las que han pasado las mujeres emprendedoras rurales para llevar a cabo su proyecto”, indica a infoLibre. A Sato no le gusta conducir y no tiene coche, por lo que sólo va a Salamanca una vez cada mes o cada dos meses a ver a sus amigas de la ciudad o a hacer alguna gestión o compra puntual. El tiempo difícil para sus hijos pasó en cuanto saltaron al instituto, donde ya había niños de toda la comarca y dejaron de ser los únicos “forasteros”, como se dice en los pueblos a todos los que no son de allí.

“Mirar al medio rural con las posibilidades del presente”

La escritora Violeta Serrano hizo lo que se espera de todo joven con aspiraciones profesionales creativas en la España despoblada: se fue puntualmente a los 17 años a una ciudad grande para estudiar y buscar oportunidades inexistentes en su lugar de origen. A los 36 años ha hecho lo que todavía hoy se considera una quijotada, algo arriesgado, cosa de valientes: ha vuelto con sus tres carreras, su máster, sus libros publicados, su proyección pública a una aldea que no alcanza los 100 habitantes en la comarca leonesa de La Maragatería. Ha construido una casa con todas las comodidades (y la eficiencia energética) del siglo XXI sobre el terreno que era la huerta de sus abuelos. Ha levantado en una zona donde se atisban más cigüeñas que personas el proyecto de vida que vio imposible, incluso para alguien con su relevancia profesional, en las grandes ciudades donde se hizo adulta: Barcelona, Buenos Aires y Madrid. 

Yo nunca pensé que volvería aquí a algo más que visitar a mis padres de vez en cuando. Pero las cosas han cambiado mucho desde que yo me fui. Cuando volví a España, pensé que era absurdo irme a una ciudad donde toda la renta que pudiera generar quedaría absorbida por un alquiler. Así que hice de la necesidad virtud”, explica la escritora a infoLibre. Sabe que su ejemplo es inspirador pero no idealiza este camino. “En principio, sobre todo para perfiles muy profesionales, aquí no hay trabajo. Entonces tienes que llegar a acuerdos de teletrabajo con empresas que están en los grandes centros urbanos o emprender, buscarte la vida”, reconoce. Ella está acostumbrada a la reinvención continua. Ahora está inmersa en la presentación de su Escuela Savia, que propone como un espacio para fomentar la creación a través del vínculo con la naturaleza y la escritura. “Precisamente quiero llegar a toda esa gente que está en la ciudad pasándola mal, no entendiendo por qué no está bien”, apunta.

La cabalgata se reinventa en el rural y los Reyes Magos llegan en "Vacalgata", tractor, esquí...

Ver más

En su escuela orienta hacia una vida más conectada con los ciclos de la naturaleza, como la que ella tiene ahora en su casa situada en medio del campo a las afueras de la aldea, con el monte Teleno como telón de fondo. Se levanta temprano, con la luz del sol, y organiza su actividad física fuera, sus paseos y sus labores en el huerto, en función de la estación, buscando el sol que algo calienta después de comer en invierno y el fresquito de la mañana durante los rigores del verano. Ahora vive sola y dice que nunca ha sentido miedo. “De hecho, me gusta mucho. Tengo mucho tiempo para disfrutar más de todo esto. Tienes que tener un carácter un poco especial, no tenerle miedo al silencio, a la soledad, a encontrarte contigo misma. Esto lo puedes hacer cuando estás en paz contigo misma”, explica. ¿Y por las noches, sin nada alrededor? “No, nada de miedo, he tenido mucho más miedo en ciudades grandes. Aquí nos conocemos todos, todos los vecinos saben quién soy y que estoy aquí. Yo he vivido en Latinoamérica, donde la violencia está a la orden del día, y la tranquilidad que tenemos aquí no se paga con dinero”, dice. Aunque a veces, el viento sopla fuerte: “Yo estoy un poco aislada dentro del pueblo y algunas noches de muchísimo viento parece que estás en un barco dentro de la nada, pero es sólo una sensación, es la naturaleza hablando”.

“Vivir aquí es duro, esto te tiene que gustar”

Luz Bella González Gómez tampoco tiene miedo a las solitarias noches del campo. A sus 69 años sigue levantándose de madrugada, a veces a las cuatro de la mañana, para ver si ha parido una de las vacas que tiene en el monte. Villar del Buey, su pequeño pueblo zamorano, es su lugar en el mundo, pero tuvo que reaprender cómo vivir su vida rural cuando su marido murió hace 26 años. La vida entre el monte y su casa, su casa y el monte, sin domingos ni festivos, era algo que hacían juntos. Al dolor de su pérdida, se sumó seguir sacando adelante todo sola. Subirse por ejemplo al tractor, que era algo que sólo hacía su marido. Pero nunca se planteó irse del pueblo. “Yo el pueblo lo tengo metido en el alma”, dice a infoLibre ya tarde por la noche, que es cuando ella acaba su jornada, aunque la jornada de una ganadera nunca termina realmente. “Esto es muy duro, trabajar y vivir aquí es duro, esto te tiene que gustar, no es para todo el mundo”, apunta. 

Tiene 69 años, pero no se quiere jubilar. No le gusta estar en casa, nunca le ha gustado. Su vida es el campo y no se la imagina sin su rutina. Se levanta pronto para ir al monte y coger forraje que le lleva después a las vacas, que pacen en una parcela a 5 kilómetros de su casa. Después vuelve para hacer las tareas del hogar y luego regresa al monte para ver si hay algún parto o algún ternero está malo. “Mi vida normal es así, del monte a casa; en este pueblo hay muy poquita gente y la mayoría son personas muy mayores”, relata. Cuando la visitan sus hijos le traen la compra grande y, de normal, va a un municipio vecino a por los víveres. Puede pasar bastante tiempo sin viajar a la ciudad, que siempre la ha agobiado. En el pueblo no hay tienda pero queda un bar, aunque a ella no le gusta ir. “Yo estoy acostumbrada a esto, lo que hago me gusta”, apunta. Entretenimiento no le falta con sus tareas ganaderas y el cuidado de su huerto.

Un negocio familiar de exportación de jamón ibérico llevó a la japonesa Hiromi Sato de las principales ciudades de Japón a un pueblito salmantino de mil habitantes en plena Sierra de Francia. Violeta Serrano volvió a la aldea leonesa de la que se fue muy joven para construir una vida que ahora ve imposible en las grandes urbes donde alcanzó el éxito profesional. Luz Bella González saca adelante sola su explotación ganadera en un municipio de Zamora que ha sido el escenario completo de su existencia. Las historias de las mujeres que habitan hoy el campo por elección, de maneras muy distintas a las de antaño, son diversas pero convergen en un punto: un entorno con muchas limitaciones ha sido para ellas el que les ha permitido vivir de la manera más cercana a su deseo.

Más sobre este tema