JD Vance tiene razón: Europa tiene el enemigo en casa

El discurso del vicepresidente de los EEUU, J.D. Vance, el pasado viernes en la Cumbre de Seguridad de Múnich, escandalizó a los mandatarios europeos. Además de acusarles de restringir la libertad de expresión y ser democracias fallidas, les espetó que tenemos el enemigo en casa. Tenía toda la razón Vance, salvo que equivocaba la naturaleza de ese adversario interno. Mientras él hablaba de lo “woke” –término que hoy engloba ya desde el reconocimiento de las identidades minoritarias hasta el catálogo de derechos humanos más elemental, pasando por la propia justicia social básica–, el auténtico enemigo de las democracias europeas, y él bien lo sabe, son precisamente sus amigos de las ultraderechas, movimientos neorreaccionarios y nacionalpopulistas.

Europa contiene la respiración a la espera de conocer el resultado de las elecciones en Alemania el próximo domingo. Con la ultraderecha AfD en segunda posición en las encuestas y el temor a que dicha opción pueda arrastrar incluso algo de voto oculto, la opción de la “gran coalición”, esa que buena parte de la izquierda ha criticado no sin motivos, ahora se vería como una victoria. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? es la pregunta del momento. El periodista de El País y experto en asuntos globales Andrea Rizzi lo explica en su reciente libro La era de la revancha (Anagrama): “Tanto la impugnación del orden internacional por parte de los regímenes autoritarios como la reacción de las clases occidentales en dificultades son revueltas con instintos revanchistas: buscan, envueltas en el nacionalismo, recuperar territorios perdidos.” La invasión de Ucrania por Putin y el triunfo de Trump reflejarían ese doble pulso; el de una potencia que quiere volver a ser tratada como tal y el de las clases populares que se sienten despojadas y buscan venganza… y refugio. Frente a las élites “woke” que les desprecian como tan bien mostró Hillary Clinton en 2016 al llamarles “deplorables” y ridiculizarles, frente a los migrantes a quienes responsabilizan injustamente de su precariedad, frente a la impotencia que les provoca un mundo cada vez más lejano e incomprensible del que se sienten expulsados, frente a una imagen frívola de felicidad perpetua que inunda sus dispositivos digitales ofreciéndoles imágenes de un estilo de vida tan lujoso, placentero y glamuroso como inalcanzable… .

Europa tiene el enemigo en casa; el que representan los neorreacionarios y el de un miedo hoy acrecentando por los retos globales que no encuentra respuesta ni en las instituciones, ni en los medios de comunicación

Pero, ¿cómo es posible que los que más sufrieron con las políticas neoliberales sean ahora quienes las votan? Es el interrogante que surge en todos los debates. Y entonces alguien recuerda que en las pasadas elecciones municipales del 28M de 2023 el barrio de Barcelona que registró mayor voto ultra fue Torre Baró, el barrio obrero convertido en símbolo de la lucha vecinal en la Transición por la aclamada (justamente) El 47. El 18,7% de los sufragios fueron para Vox, y el 1,2% para Aliança Catalana. En España hemos venido argumentando, datos en mano, que la ultraderecha no estaba penetrando en las clases populares como sí lo hacía en Francia o Italia, y en efecto, de momento así ha sido. Pero eso no debe empañar la foto general: La ola revanchista que eleva a los neorreaccionarios es una extraña alianza entre las élites (tecnológicas en unos casos, tradicionales en otros) y las clases más populares que encuentran protección en ellas para vengarse de todo lo que les hace sentirse expulsadas del sistema.

”El sistema es anti-nosotros”, decían los indignados del 15M. Si bien aquella movilización estaba en las antípodas ideológicas de lo que hoy vemos crecer en las opciones ultras, ya entonces –y hace de eso 14 años– expresaba una desafección, un abandono del sistema, unos malestares que han ido creciendo con los años. Porque nada de lo que hoy vemos cristalizar con toda su crudeza es nuevo ni había pasado inadvertido. Ni los partidos tradicionales ni los que surgieron al calor de la indignación han sabido darle respuesta, y como en política el espacio vacío no existe, hoy son otros quienes recogen esta mezcla de malestar y miedo.

Como se puso de manifiesto en un reciente foro de la fundación AVANZA sobre el movimiento reaccionario NRx, la política tiene mucho de gestión colectiva de los miedos. Ganará quien acierte con la fórmula, o quien, al menos, consiga convencer de que la tiene. Así que sí, Vance tenía razón, Europa tiene el enemigo en casa; el que representan los neorreacionarios y el de un miedo hoy acrecentando por los retos globales que no encuentra respuesta ni en las instituciones, ni en los medios de comunicación, ni en ninguno de los actores de intermediación en los que ya no confiamos. Lo argumentó y avaló con datos el profesor Sánchez-Cuenca en El desorden político (Catarata) hace ya tres años. Si ya no confiamos en quien mediaba (y la política democrática necesita mediación) y no tenemos actores nuevos que cumplan este papel, alguien ocupa ese espacio. Trump y los suyos lo saben muy bien

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