El día de la ruina Helena Resano

Una vez fui a buscar oro en un río asturiano, el Navelgas. Mi guía para tan fascinante expedición fue Hugo, miembro de los Sanfiz, una familia que lleva bateando aquellas aguas desde el año 56, cuando cerró la Aurífera asturiana en la que trabajaba Enrique, el abuelo. Entonces nadie creyó que en aquel río pudieran reposar restos del mineral precioso del nº 79, pero allí estaban y él lo sabía.
Aquella aventura tenía que ver con un programa en el que yo trabajaba, era un reportaje para Ahora o nunca de RTVE y disfruté la experiencia con la ilusión y el asombro de una niña de siete años. Claro, a la mayoría de nosotros, eso de buscar oro nos parece como de película, algo absolutamente alejado y ajeno al cauce por el que transcurre nuestra vida.
Hace unos días, mi teléfono inteligente hizo eso de recordarme en foto un momento del pasado y allí me vi, con botas de agua, en cuclillas dentro del río, jugando a ser bateadora por un día. Y al revivir la escena pensé que aquella afición no me resultaba tan desconocida, en realidad, los seres humanos no hacemos otra cosa que buscar oro desde que nacemos. Lo buscamos de forma literal, tratamos de obtenerlo en forma de pasta, es eso que llamamos “trabajar para vivir” los que no lo conseguimos robando… Pero lo buscamos sobre todo en sentido figurado, invertimos media vida en tratar de encontrar personas de valor, aquellas que no se oxidan al mínimo contacto con el agua.
Hablaba el otro día de esto mismo con uno de esos excompañeros que se quedan en tu vida cuando termina la aventura que te unió a ellos. Todos y todas sabemos de esas amistades ocasionales, coyunturales, temporales… gente con la que surge un trato estrecho durante el tramo vital en el que coincides, qué se yo, en el mismo barrio, o en un proyecto profesional, pero cuando te mudas de casa o el proyecto termina, desaparecen de tus días y tú de los suyos.
En cada tramo vital tú metes la batea sin saber qué vas a encontrar y, al sacarla del agua, a veces te ilusionas y piensas que hay ahí un montón de oro, porque pesa tanto… Pero no, es una falsa ilusión
En cambio, existen otras personas que en un momento determinado traspasan la puerta de lo circunstancial y se cuelan en tu vida. Y, a partir de ese instante, tu relación con ellas crece al margen de la distancia con el barrio o el proyecto que compartíais. Ese es el oro, lo que queda después de filtrar la gravilla y para dar con él hacen falta las mismas tres cosas que decía Enrique, el pionero de los Sanfiz: “Paciencia, vista y conocer el terreno”.
En cada tramo vital tú metes la batea sin saber qué vas a encontrar y, al sacarla del agua, a veces te ilusionas y piensas que hay ahí un montón de oro, porque pesa tanto… Pero no, es una falsa ilusión, en realidad solo está llena de piedrecitas de río, de grava y arena.
Es después de darle bien de rotación a la batea cuando, en ocasiones, queda a la vista alguna pequeñísima lámina que brilla de un modo inconfundible y entonces sí que sí. La emoción de ese hallazgo se parece, salvando las distancias, a la que sentiste cuando tenías siete años y conociste a tu primera amiga, así que te vas tan feliz con tu tesoro y devuelves la gravilla al río, que sigue su curso, como es natural…
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