Si hay ruido de sables es porque te quieren vender uno

Tarifa, impuesto, carga, imposición… Son algunos de los sinónimos que la RAE da a la palabra “arancel”, que ahora mismo, sin embargo, nos suena a guerra –de momento, comercial–. El regreso de Trump a la Casa Blanca es el resultado de la ola de extrema derecha que se está llevando por delante las columnas de la democracia en el mundo entero, y en ese sentido el presidente de los Estados Unidos no es peor que sus compañeros de viaje en Italia, Argentina o España, sólo más poderoso. El desprecio que siente por la Unión Europea, que dice que se inventó contra su país, es el mismo de sus compinches y explica para qué está aquí esta gente, que no es para otra cosa que para deslegitimar y carcomer desde dentro de sus instituciones el Estado del bienestar: contra los derechos ciudadanos, oligarquías que edifiquen sociedades clasistas donde cada uno tenga lo que se pueda pagar, o sea, casi todo los más poderosos y casi nada el resto, y eso incluye desde la educación y la atención médica hasta la comida que se pueda tener en el frigorífico. Todo ello, naturalmente, bien calculado y hecho con la seguridad de que quien tiene hambre se vuelve obediente y quien no ha podido adquirir cultura o le ha llegado editada, es más manejable. “Viva Franco y viva la Constitución”, coreaban, por ejemplo, algunos jóvenes citados por Vox ante la sede madrileña del PSOE. Es lo que tiene no estudiar la dictadura.

El asunto de los aranceles hace temer al planeta una crisis económica que desestabilice los mercados y castigue a los consumidores, que ya bastante peso llevan sobre sus espaldas. Pero ese temor oculta otro, y es el asunto del rearme impuesto por Washington, que ha hecho dar una vuelta de campana a la realidad y el orden conocidos en cuanto Trump ha dado la espalda a sus aliados, se ha puesto del lado del invasor de Ucrania y amenaza de Europa. La corriente de opinión sostiene que cuantos más cañones se tienen, más te respeta el enemigo y, por lo tanto, menos posible es el conflicto, pero la Historia nos enseña justo lo contrario: el problema es que no lo queramos aprender. De momento, Trump ya avisa que intentará cambiar la Constitución para lograr un tercer mandato. Y que, si no, presentará como candidato a su vicepresidente y este le cederá el mando. O sea, más o menos lo que hizo Putin en Rusia. Sus disparates parecerían sólo eso si no fuese porque los avalan setenta y siete millones y medio de votos en las últimas elecciones.

Parece que la opción b a una guerra en Europa, atacada por Rusia o empujada por esta y Trump a un choque entre dos o más de sus Estados, sea una guerra civil en el propio EEUU. En su absorbente libro Cómo empieza una guerra civil  y cómo evitar que ocurra, recién publicado en España por la editorial Península, la especialista en la materia Barbara F. Walter analiza las causas que prenden la mecha al descontento popular que conduce al auge de fracciones violentas y al deseo suicida de muchas personas de vivir bajo lo que se ha venido a llamar una anocracia, es decir, un gobierno mitad democrático y mitad dictatorial: eso les va como anillo al dedo a los Trump, Putin y compañía.

A mí me parece que Trump en la Casa Blanca equivale al coronel Tejero en La Moncloa

Walter, catedrática de Asuntos Internacionales en una universidad de San Diego, California, analista de fama global, firma estrella de los principales diarios norteamericanos y miembro o asesora de organismos como el Banco Mundial, Naciones Unidas y los departamentos de Defensa y Estado del propio Gobierno de los Estados Unidos, vaticina un gran riesgo de enfrentamiento civil en su país y pone como paradigma el asalto al Capitolio justificado por el propio Trump. La autora cuenta el caso real de un hombre llamado Adam Fox que cuando llega la pandemia de covid está en paro, no tiene dónde ir porque su pareja lo ha expulsado de su casa, vive en el sótano de la tienda de un amigo y está furioso por todo ello y por la orden de la gobernadora de Michigan de permanecer confinados. Por supuesto, es un negacionista de las vacunas, como lo fue Trump, y defiende la teoría de que todo el asunto del coronavirus no es más que una tapadera para arrinconar y manejar a la población. Pronto entra en contacto, a través de las redes y luego cara a cara, con otros partidarios de la revuelta, algo peligroso en un país donde casi todo el mundo tiene una pistola, y el grupo –ya casi paramilitar– llega a la conclusión de que su deber es secuestrar y ejecutar a Gretchen Whitmer, para que el fuego de la revolución se propague y se haga lo mismo en otros sitios: había que eliminar a quienes se consideraban los adversarios de la libertad. Adam Fox estaría después entre los asaltantes del Capitolio, llevados allí por los discursos incendiarios de Trump cuando perdió la reelección, aseguró que el escrutinio había sido falseado y que no se iba a rendir hasta que se le devolviese lo que era suyo. “¡Detengamos el robo!”, era su eslogan. Sus seguidores se llamaban a sí mismos “ejército de patriotas” y muchos de los asistentes a los mítines donde les incitaba a tomar el Capitolio llevaban camisetas con el lema: “Dios, armas y Trump.”

Sobre todo eso se ha corrido un velo de olvido, parece como si no hubiera sido para tanto. A mí me parece que Trump en la Casa Blanca equivale al coronel Tejero en La Moncloa. Igual hay quien cree que exagero. Le recomiendo leer el libro de Barbara F. Walter, donde, por cierto, también estudia las razones y sobre todo sinrazones que propiciaron la Guerra Civil española. Y, al fondo, siempre el asunto del negocio, la certeza de que la desgracia de muchos siempre es el beneficio de unos cuantos, esos mismos que mandan a los demás al frente mientras ellos escalan hacia el poder. Si oyes ruido de sables es porque te van a vender uno.

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