Ucrania marcó el punto final del populismo de izquierdas y debe marcar el final del populismo de derechas
Tras tres años de cruenta guerra, en plena contienda civil americana, en las elecciones de 1864 Abraham Lincoln revalidó la presidencia frente al candidato opositor George B. McClellan.
George B. McClellan fuera comandante en jefe de las fuerzas unionistas, luego relegado al considerarlo Lincoln responsable directo del estancamiento de la guerra por su indecisión en momentos claves (Batalla de Antietam).
El Presidente de los EEUU siempre desconfió de su lealtad con la causa unionista, llegando a creer que se trataba de un topo de los confederales. Fuera como fuera, en su actitud diletante tenía mucho que ver su posición política y su creencia en una solución ‘pacifica’ a la guerra y una salida negociada con los estados sublevados que pasaba por aparcar decisiones como la abolición de la esclavitud.
Como decíamos, Lincoln ganó aquellas elecciones por amplia mayoría, pero bien pudo perderlas. Pensemos por un momento que tendría pasado si en la población hubiera pesado el cansancio de la guerra y el vencedor de aquella contienda hubiera sido George B. McClellan.
Seguramente aceptaría las condiciones formuladas por los confederales, la esclavitud se restauraría de facto y los EEUU tal como los hemos conocido durante los dos últimos siglos no hubieran existido.
Los sistemas democráticos necesitan para un buen funcionamiento de una propuesta económica que permita una armonización social y de una propuesta política que permita abordar unos consensos amplios. Cuando estos mecanismos de cohesión se rompen es fácil la polarización social y el surgimiento de interfaces con propuestas antisistema que vuelven posturas, normalmente minoritarias, atractivas para sectores amplios de la población que se sienten abandonados por la política.
Joe Biden podía haber ganado las elecciones, pero, en plena crisis democrática, a algunos líderes políticos y de opinión del partido demócrata, apoyados por algunos influyentes comunicadores y personas de la ‘cultura’ decidieron que el que, sin duda, fue uno de los mejores presidentes de EE.UU. no merecía aspirar a la reelección.
Los sistemas democráticos necesitan para un buen funcionamiento de una propuesta económica que permita una armonización social y de una propuesta política que permita abordar unos consensos amplios
Para ello armaron una campaña basada en una gran mentira: la ‘incapacidad’ de Biden para ganar a Trump. Ciertos sectores de la izquierda americana no suficientemente satisfecha con la normalidad de Biden creían que llegaba el momento de una candidatura ‘comunitarista’ y ‘radicalizada’. Nos intentaron convencer de que Biden iba perdiendo en las encuestas contra Trump, cuando nunca hubo un desempate técnico entre ambos, y que la llegada de Kamala Harris era un revulsivo que colocaba a los demócratas a casi siete puntos por delante del candidato republicano, cosa que nunca ocurrió. Todo ello con la participación ‘desinteresada’ del The Washington Post del trumpista converso Jeff Bezos.
El resultado: Joe Biden podía haber ganado las elecciones (nunca lo sabremos), Kamala Harris nunca podía haber ganado las elecciones (en todos los Estados el resultado de los candidatos republicanos al Congreso y al Senado superó a la candidata presidencial) y Donald Trump ganó las elecciones (ya que en ningún momento peligró su victoria).
Obviamente la democracia americana va más allá de una presidencia concreta, pero en los momentos de crisis un desplazamiento político disrruptivo puede dar al traste todo el frágil equilibrio conseguido tras un arduo camino y poner en peligro no solo las cuestiones que se están a decidir en la contienda política concreta sino, por efecto dominó, otras sobre las que aparentemente se habían fraguado amplios consensos.
El segundo mandato de Donald Trump, tras su regalada victoria por parte de la izquierda americana, apunta con llevarse por delante bastantes consensos internos en los EEUU y consensos en el marco de los países democráticos.
En pocas semanas Europa pasó de aliado a adversario, Zelenski de un héroe a un dictador, y Ucrania de un país invadido a una extensión de Rusia.
Aquellos que defendíamos que el conflicto de Ucrania no era solo un problema espacial nacional, sino europeo, y que no era solo un problema conformativo concerniente a las líneas fronterizas sino de confrontación entre totalitarismo y democracia, estábamos en lo cierto.
Entonces, ¿qué ha cambiado?
Lo que cambia es que, por lo menos temporalmente si no se asientan cambios estructurales que compliquen aún más todo, el gobierno de EEUU ha cambiado de bando. Europa ahora está asediada desde el este y desde el oeste.
Los líderes y la ciudadanía europea deberían entender de una vez por todas –ya que no lo quisimos entender con la pandemia ni con las agresiones rusas a Ucrania de 2014 y 2022– que o avanzamos a toda máquina en la construcción política de la Unión o languideceremos en fragmentaciones de carácter localista, en una dinámica que en otros tiempos ya atravesaron países de otras latitudes antes florecientes.
La presidencia de Trump amenaza con ser un problema grave para la humanidad. No por ser fascista –sus adversarios deberíamos ser capaces de adjetivar con propiedad– sino por ser un gánster
Asistiremos a la desaparición del mayor espacio de libertades y derechos de la historia de la humanidad y pasaremos a ser países satélites de EEUU o de China (Rusia simplemente es un país agotado sin proyecto nacional capaz aún de influir en las dinámicas regionales, pero incapaz de imponer las suyas).
La presidencia de Trump amenaza con ser un problema grave para la humanidad. No por ser fascista –sus adversarios deberíamos ser capaces de adjetivar con propiedad– sino por ser un gánster.
El mundo se está volviendo por momentos un lugar peligroso. Potencias decadentes como Rusia con capacidad de amenaza nuclear. Potencias con capitalismo sin derechos de carácter estatalista como China. Potencias como EEUU apostando por una combinación de capitalismo especulativo y tecno-mafioso. Países teocrático-fascistas con capacidad de sembrar terror.
Hace tres años, cuando empezó la segunda fase de la invasión rusa de Ucrania, el populismo de izquierdas que ya languidecía no fue capaz de sobrevivir a sus contradicciones. Los supuestos sucesores del 15M y del programa de la radicalidad democrática apoyaron sin tapujos el argumentario imperialista y totalitario del gobierno de Putin, nos explicaron que las ‘democracias populares’ del Dombás eran la fase superior de la democracia liberal y que los ucranianos debían rendirse pues no iban a resistir a la invasión rusa ni dos semanas.
Ahora vemos como paradoja la fusión del programa populista de izquierdas y de derechas con un Donald Trump al frente que comparte todo el relato construido desde el Kremlin y difundido en nuestras democracias por populistas de ambos extremos del espectro político.
La propuesta de Trump está basada en un gran negocio sobre unas tierras (Dombàs) que se quiere firmar entre un gánster (el) y un mafioso (Putin) en el que la propiedad de la misma sería para Rusia y la concesión de uso correspondería a EEUU. Un negocio que afortunadamente tiene dos importantes obstáculos: el rechazo del propietario legítimo (Ucrania) a ceder gratuitamente los derechos sobre las mismas y la existencia de desconfianzas difíciles de superar entre dos tramposos.
El abrazo de las extremas derechas populistas europeas al proyecto político de Trump puede acabar siendo el abrazo del oso para las mismas. Y el viraje anti-ucraniano puede marcar el punto final de las mismas, de igual forma que en su momento lo hizo con el populismo de izquierdas.
En primer lugar, porque se trata de una propuesta antieuropea pero que en sus aspectos prácticos se convierte en una propuesta contra los intereses de los distintos Estados de Europa y eso choca frontalmente con las propuestas nacionalistas de los populistas de derecha europeas. Orban, Le Pen, Weidel, Salvini, Abascal, … se miran en el proyecto de Trump por su nacionalismo, pero son incapaces de entender que Trump representa un nacionalismo continental expansivo (americano) mientras que los nacionalismos que ellos representan son nacionalismos locales de carácter resistencialista frente a la otra posible propuesta continental (europea).
Y, en segundo lugar, porque las bases electorales de los partidos de extrema derecha europea comparten sus miedos a la inmigración y a la globalización, pero también odian lo que culturalmente representa Putin.
En todo caso, aún estamos a tiempo de frenar esta deriva antidemocrática, pero para ello:
- Los partidos centrales que vertebran las mayorías deben corresponsabilizarse en fraguar acuerdos en defensa del bien común y los mecanismos de la democracia que les permitan gobernar sin las presiones de las minorías.
- Las izquierdas deberían volver a construir proyectos de mayorías sociales que pasen indefectiblemente por hacer un análisis real de los cambios que se están llevando a cabo en el marco de la producción y las relaciones sociales derivadas de las mismas, entender las causas de atracción de la extrema derecha sobre sectores populares –más allá de la retórica antifascista low cost o de la hipérbole permanente–, y retomar las agendas centrales dejando en su dimensión real los asuntos periféricos.
- Los líderes de la Unión Europea deben retomar la senda de la construcción política, abandonada en los primeros años del presente siglo, y ofrecer a la ciudadanía un proyecto de nación europea con capacidad de autonomía a todos los niveles –también el de defensa– en una fase de la globalización donde la polarización EEUU versus China crea un problema real existencial para los pueblos del continente.
- Los ucranianos han de seguir resistiendo heroicamente no solamente a un imperialismo político-militarista decadente –pero no por ello menos peligroso– que se mostró incapaz en las primeras semanas de la invasión de cumplir sus objetivos y con el paso del tiempo mostró un agotamiento económico-militar cercano al colapso; sino a un imperialismo más peligroso por su capacidad tecnológica y de presión política (en el marco ucraniano-europeo va a ser clave la capacidad de impulso político que viene de los antiguos países satélites de Rusia para los que el ideal europeísta se ha convertido en una fuente de inspiración).
- Y la ciudadanía global tiene que saber redefinir bien cuáles son las contradicciones principales en un mundo en el que los antiguos marcos ideológicos saltaron por los aires y movilizarse alrededor de Ucrania como nexo de paso en un laberinto difícil de descifrar.
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Xoán Hermida es historiador y doctor en Ciencias Políticas y Gestión Pública