Europa manda, España obedece

Felipe Domingo Casas

Como es bien conocido, en la primera mitad del siglo XX hubo dos guerras mundiales fundamentalmente en suelo europeo. Entre la primera y la segunda transcurrió lo que se conoce como periodo de paz entre guerras, un periodo corto de paz, sin que en ese periodo entre guerras “la paz fuera la norma, pues en realidad en esa 'crisis de veinte años', como la bautizó el historiador británico Edward H. Carr, hubo algunas guerras pequeñas entre Estados europeos, revoluciones y contrarrevoluciones muy violentas y varias guerras civiles”, dice Julián Casanova en su libro Europa contra Europa. Los españoles no podemos olvidar ese periodo, porque, después de un levantamiento militar y fascista y una guerra civil de tres años, el fascismo, vencido en la Segunda Guerra Mundial, se instauró en España por un periodo de cuarenta años.  

Llevamos un cuarto del siglo XXI y ya llevamos tres crisis mundiales provocadas por distintas causas y con distintos responsables. Aunque tampoco se nos puede olvidar que el responsable principal, y yo diría que único, es el hombre –la especie humana– contra la que la naturaleza agredida se revuelve en todas sus diversas formas, también con virus. Quienes provocan las crisis económicas y financieras o las guerras para la extensión de su territorio o el dominio o reparto de sus recursos naturales son los responsables económicos, políticos y gobernantes. Esta es la situación en la que nos encontramos en estos momentos.

Se trata del esfuerzo descomunal que está haciendo EEUU, con la llegada al poder de Donald Trump, por mantener su hegemonía mundial, su imperialismo, y Rusia, con Putin en el poder, para recuperar parte de la influencia que consiguió y mantuvo hasta la última década del siglo XX, a través de su participación con el ejército rojo en la derrota del fascismo. Putin se agarra a esta pasada dialéctica para extender su idea filosófica antifascista por Occidente y Oriente Medio. Por eso creo que el lenguaje que se usa en los artículos de opinión, en las tertulias, en los medios para dirigirse a Putin y Trump como “autócratas, sátrapas, dictadores, despóticos” y otros mil vocablos, dichos o escritos, no les hace pupa, porque, como muy bien explica el refrán, las palabras se las lleva el viento. Lo que importa son los hechos por los que se mueven Trump y Putin: la imposición de un nuevo orden de gobernanza mundial que afiance a sus naciones como las  más fuertes. Conseguir la victoria hoy, como ayer, a través de las armas, impregnadas de ideología y propaganda territorial,  comercial, medio ambiental y explotación de tierras y minerales, hasta que nuestro planeta explote. 

En estas guerras, tan agresivas, existe un tapado, al que ni Trump ni Putin se refieren, pero que los dos observan cuando callan tanto: China

En estas guerras, tan agresivas, existe un tapado, al que ni Trump ni Putin se refieren, pero que los dos observan cuando callan tanto: China. Su progreso ha sido tan extenso en estos últimos años como para convertirse en el mayor mercado de sus productos en todos los países, si no por su calidad, sí por costo. La política de China no es pro rusa ni tampoco pro norteamericana. No es a favor de Putin ni a favor de Trump. Ni es un “ménage à trois” que oí el otro día a un tertuliano, en laSexta. “Putin y China ya están de acuerdo y quieren convencer a Trump”, prosiguió. 

Precisamente en el 2024 se cumplieron 70 años  de la formulación por la nueva China de “Los cinco principios de coexistencia pacífica de China”, “una piedra angular en la política exterior de China y una contribución imperecedera al orden internacional”. Estos son: respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial, la no agresión mutua, la no injerencia en los asuntos internos  de otros países, igualdad y beneficio mutuo, y la coexistencia pacífica”. Si pretendemos entender la política con  la dimensión internacional que hoy tiene, China es un país que en estos setenta años ha buscado la paz y el desarrollo, sin inmiscuirse en los asuntos internos de otros países. “La Nueva China nunca ha provocado una guerra ni ha ocupado un centímetro de territorio extranjero”. Su reivindicación de Taiwan responde únicamente a que es territorio chino, como le reconoce la ONU. Desde que se sienta en 1971 en el Consejo de Seguridad de la ONU, China ha participado en 25 operaciones de mantenimiento de la paz, con un total de 50.000 efectivos.  Y a todo esto, ¿Europa, qué?

Europa comienza a dar señales de un acercamiento político más dinámico a China, que considero imprescindible y del que solo pueden salir beneficios mutuos. Hacer efectivo su interés por la igualdad y el beneficio mutuo entre Europa y China eliminará las disputas comerciales, otras no son probables, que puedan surgir, por ejemplo, con el gravamen a la importación de coches eléctricos, sin que esa disputa, u otras, rompan el necesario entendimiento y la cooperación más amplia. Ya se ha anunciado que Pedro Sánchez irá a China en abril, creo que por tercera vez. También lo han hecho Úrsula von der Leyen y otros dirigentes. Pedro Sánchez, al que considero un atlantista empedernido y un europeísta convencido, tiene los suficientes reflejos para darse cuenta de que las relaciones bilaterales de Europa y de España con China tienen que alcanzar una nueva dimensión.

Bajemos el balón al pasto y raseemos la pelota. Hay vocablos que duran siglos y otros que casi mueren antes de que nazcan. En economía, el dilema de qué producir, “si cañones o mantequilla” es imperecedero, pero a la palabra “rearme”, que ha nacido imprevistamente, se la quiere matar ya. Y la responsabilidad es de Pedro Sánchez. Yo me había hecho a la idea de que “rearme” iba a ser votada, a pesar de que estemos terminando solo el primer trimestre, como palabra del año, tal era la fuerza que ha tenido su pronunciación y uso en los círculos políticos y de debate. Por mucho que desistamos de no contraponer estos dilemas, la limitación de recursos mundiales para atender todas las necesidades, ahora y en el futuro, nos imponen prioridades. 

Es imposible resolver la contradicción, sin que algunos de esos recursos existenciales, que mejoren la calidad de vida de las personas, no se resientan. La autonomía de España depende de que Europa alcance la soberanía en seguridad y defensa. Europa, en estas circunstancias, no nos va a dar, nos pide, y los desafíos como el cambio climático, las desigualdades económicas, en educación, sanidad, dependencia y pensiones entre países y regiones, la seguridad cibernética son tan enormes que solo con una unidad y disciplina férreas se podrían solucionar. En Europa, como en España, existen fuerzas endógenas y exógenas que tiran para lados distintos. 

Con motivo del debate que se producirá este miércoles en el Congreso para dar cuenta de los resultados de las cumbres que el presidente del Gobierno ha tenido con los restantes jefes de Gobierno, ha saltado un interrogante: ¿Se producirá una votación para que los grupos políticos se pronuncien sobre el aumento del gasto en defensa? ¿A quién le interesaría que se produjera? En el pasado reciente podemos tener la solución. El 12 de mayo de 2010, en la sesión parlamentaria en la que Zapatero anunció “nueve medidas imprescindibles y equitativas” para salir del pozo de la crisis financiera,  el PP, sabiéndolas imprescindibles y equitativas, como se demostró al año, y sabiendo que era Europa quien las exigía, votó en contra. Europa siempre manda y a España le toca obedecer. Solo el PP se sale de esta norma cuando le interesa.

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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre.

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