Alemania ha pasado en dos años de anunciar un rearme a buscar la paz y soñar con reabrir el grifo del gas ruso

El domingo 27 de febrero de 2022, Olaf Scholz se dirigía al Bundestag reunido en sesión extraordinaria. Decenas de miles de personas salían a la calle en Berlín en apoyo de Ucrania, invadida tres días antes por el ejército de Vladimir Putin. Ya en su primera frase, el canciller alemán pronunció una palabra que captó el sentimiento de vértigo e irreversibilidad ante esta transgresión fuera de lo común en suelo europeo: Zeitenwende, un “cambio de época”.
“Putin no solo quiere borrar del mapa un país independiente”, declaró el líder socialdemócrata en un discurso que fue generalmente aplaudido por la clase política y los principales medios de comunicación alemanes. “Está destruyendo el orden de seguridad europeo tal y como existía desde el acta final de la Conferencia de Helsinki hace casi medio siglo”. En respuesta, Scholz anunció que quería “apoyar a Ucrania”, “disuadir a Putin” de ir más lejos y lanzar un “gran esfuerzo nacional” para garantizar la seguridad de la propia Alemania.
Dos años después de marcar ese rumbo, con varios anuncios incluidos en el paquete, ¿se ha traducido en hechos el discurso del Zeitenwende? Ahora que los alemanes vuelven a las urnas, ¿se puede decir que el canciller saliente ha mostrado constancia en este tema?
Hoy, gran parte de la comunidad estratégica es severa con el balance de Olaf Scholz en materia de defensa y diplomacia. Pero antes de evaluarlo hay que partir del punto de inflexión introducido por su famoso discurso del 27 de febrero de 2022, cuyas tesis se reafirmaron y precisaron el verano siguiente en un artículo publicado por el Frankfurter Allgemeine Zeitung, y luego en otra intervención oral, esta vez en Praga, dirigida a un público europeo.
Un discurso de ruptura
Ciertamente, se puede considerar que el Zeitenwende también ha reforzado una continuidad importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ha demostrado ser coherente con un claro anclaje en el mundo occidental y la defensa del multilateralismo y el derecho internacional. Pero la repentina importancia otorgada a la disuasión militar, la decisión de suministrar armas directamente a un país agredido o la declarada voluntad de contribuir a la seguridad del continente han cortado con los largos años pasados enorgulleciéndose de ser una “potencia civil”.
“Ese discurso marcó un punto de inflexión en décadas de política exterior de la República Federal de Alemania, unificada desde 1990”, confirma Reiner Marcowitz, profesor de civilización alemana en la Universidad de Lorena. “Y eso se vio acentuado por el hecho de que sus orientaciones (designar a Rusia como agresor, invertir en la Bundeswehr [el ejército alemán, ndr], desplegar tropas en el flanco oriental de la OTAN) fueron apoyadas por conservadores, liberales y ecologistas.”
Es cierto que el resultado se ha visto mitigado según los ámbitos, pero sería exagerado hablar de fracaso
“En treinta minutos se tomaron decisiones sobre una serie de temas, como el uso de drones armados, que llevaba muchos años debatiéndose”, afirma Ulrike Franke, investigadora del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales (ECFR), y añade que incluso el lenguaje rompía con la habitual discreción de las autoridades alemanas en materia de defensa. En 2021, esta experta contaba con humor hasta qué punto su generación, la de los millennials alemanes, había adoptado “una visión casi romántica de las relaciones internacionales” y un desinterés generalizado por lo militar, percibido como una preocupación arcaica, incluso incongruente.
Entre las medidas concretas, Scholz anunció un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros para invertir en la Bundeswehr, con una menguada plantilla y un flagrante déficit de equipamiento. También se fijó el objetivo de gastar el 2 % de la riqueza nacional en la defensa del país, cuando este porcentaje había caído a casi el 1 % en legislaturas anteriores. También se anunció la reducción de la dependencia energética de Alemania de potencias revisionistas como Rusia.
¿”Demasiado poco y demasiado tarde”?
Dos años después, algunos analistas se muestran implacables con el balance efectivo de la coalición en el poder. En una publicación del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, un think tank, el investigador Benjamin Tallis considera que “es contraproducente seguir utilizando el término Zeitenwende”. Y Ulrike Franke matiza, recordando que el término describía en primer lugar un momento histórico: “No fue solo un anuncio político que no funcionó tan bien. Por lo demás, es cierto que el resultado se ha visto mitigado según los ámbitos, pero sería exagerado hablar de fracaso”.
Por un lado, el famoso fondo de 100.000 millones se gastó efectivamente en aviones de combate, drones armados, fragatas, submarinos... y permitió alcanzar el objetivo del 2 % del PIB dedicado a la defensa. Alemania también ascendió, en términos de gastos, al segundo lugar entre las potencias que más apoyan a Ucrania, por detrás de Estados Unidos. En un tiempo récord, el país ha revisado su modelo energético para dejar de depender del gas y el petróleo rusos, algo que no había provocado ninguna de las anteriores transgresiones de Putin (en Chechenia, Georgia y Ucrania en 2014).
En septiembre, un informe estimó que, al ritmo actual, reconstituir las reservas de 2004 llevaría décadas
Por otro lado, cada uno de estos logros adolece de limitaciones evidentes, al menos si compartimos la necesidad de un rearme alemán. El fondo de 100.000 millones, parcialmente mermado por la inflación, se agotará en 2027. Entonces faltarán decenas de miles de millones de euros para alcanzar la parte del PIB prometida para la defensa nacional, que es muy inferior al 5 % exigido por el nuevo poder estadounidense en el marco de la OTAN. Pero Alemania está limitada por el dispositivo constitucional de la “freno de la deuda”. Habrá que eludirlo, recortar otros gastos o abandonar el objetivo.
De todos modos, el nivel de esfuerzo es insuficiente para recuperar años de inversión estructural insuficiente. En septiembre, un informe del Instituto de Kiel estimó que, al ritmo actual, reconstituir las existencias de 2004 llevaría décadas. “Hay que reconocer que Alemania no podrá ofrecer la disuasión que esperan sus socios si Rusia decide enfrentarse directamente a la OTAN en el plano militar dentro de cinco a ocho años”, escribe el historiador Hans Stark en un artículo académico
Si analizamos el apoyo a Ucrania, no es tan espectacular en relación con el tamaño de la economía alemana. Otros doce Estados europeos han dedicado un porcentaje mayor de su riqueza nacional a esta ayuda. Sobre todo, los dirigentes alemanes no han dejado de dar largas sobre el tipo de armamento suministrado y sus condiciones de uso. “Hemos pasado los últimos tres años teniendo discusiones absurdas sobre lo que se puede categorizar como armas defensivas o pesadas, o carros de combate”, lamenta Ulrike Franke.
El “canciller de la paz”
Olaf Scholz ha dado siempre la impresión de querer evitar una escalada iniciada por Putin y de ponderar sus condenas con palabras y señales de apaciguamiento sin ningún efecto, como su llamada telefónica al líder ruso en noviembre. El ejecutivo alemán ya no oculta su afán por negociar la paz, e incluso Berlín se ha aliado con otras capitales para plantear la posibilidad, en este contexto, de reabrir el grifo del gas de Rusia hacia Europa.
Durante la actual campaña electoral, Scholz se ha erigido abiertamente en “canciller del paz”, hasta el punto de agitar el miedo a que su rival cristianodemócrata Friedrich Merz llegue al poder. Este último le reprocha sus dilaciones y aboga por suministrar a Ucrania misiles de medio alcance Taurus, que podrían ayudar a destruir objetivos estratégicos en suelo ruso. El líder del Partido Socialdemócrata (SPD), por su parte, presenta a Merz como un cabeza hueca capaz de provocar a una potencia nuclear, como le gusta recordar a Putin cada poco.
La conexión entre las opciones geoeconómicas y geoestratégicas, aunque reconocida en el discurso del Zeitenwende, finalmente no ha dado lugar a una revisión exitosa de la estrategia alemana. Como señala Benjamin Tallis, la compra de gas licuado a Catar y Azerbaiyán ha contribuido a la diversificación de los proveedores de energía de Alemania, pero también ha creado “nuevas dependencias de regímenes autoritarios”. En general, la economía del país está más vinculada que nunca al mercado chino y, por tanto, a un Estado-partido con ambiciones abiertamente revisionistas del orden internacional.
El viaje de Scholz a Pekín en abril de 2024 fue un testimonio de su “falta de seriedad estratégica”, según el analista James Crabtree en un artículo para Foreign Policy. En esa ocasión, el canciller se había mostrado particularmente complaciente con las autoridades chinas, sin mostrar mucha solidaridad con los aliados que defienden un enfoque más distante, y buscando sobre todo promover los intereses económicos de las empresas alemanas, de todos modos amenazadas por una potencia industrial en pleno ascenso.
Aunque Olaf Scholz ha expresado con palabras la nueva realidad de las relaciones internacionales, su respuesta ha sido modesta y de dudosa coherencia y sostenibilidad. “Parece que se ha cansado del Zeitenwende”, afirma Ulrike Franke. “Se ha dado cuenta de la enormidad del desafío que esto representa para Alemania. Está tratando de encontrar un término medio que le permita proteger a su partido y a la población en general”.
El legado de la Ostpolitik
Olaf Scholz sabe que algunas fuerzas (de la derecha, pero también Los Verdes) se presentarán de todos modos como las más solidarias con Ucrania, mientras que otras (como el partido de Sarah Wagenknecht en la izquierda o la AfD en la extrema derecha) estarían encantadas de monopolizar un discurso pacifista o, como mínimo, de “contención” militar. En el fondo, lo que está en juego en torno al Zeitenwende afecta en realidad a la identidad histórica del SPD.
En la historia de la RFA, Willy Brandt fue el primer canciller del SPD en gobernar, a partir de 1969. Con el apoyo de su asesor Egon Bahr, puso en marcha una política de apertura hacia el Este, conocida como Ostpolitik, que normalizó las relaciones con la Unión Soviética y los países vecinos en su órbita. Posteriormente se atribuiría a esta política el mérito de haber facilitado la reunificación del país y las transiciones democráticas en el Este, de ahí su connotación positiva mucho después del final de la Guerra Fría.
Una serie de líderes socialdemócratas comenzaron su carrera en ese contexto y en el del movimiento pacifista de principios de los años 80, cuando ya no eran momentos de distensión. Este es el caso, en particular, de Rolf Müntzenich, presidente del grupo parlamentario socialdemócrata en el Bundestag. Müntzenich expresó muy pronto su deseo de que se negociara para poner fin a la guerra y se opuso a las “disruptivas” declaraciones del ministro de Defensa, Boris Pistorius, que se atrevió a sugerir una forma simplificada de circunscripción o la necesidad de prepararse en caso de que volviera la guerra.
Más allá de su caso, muchos altos cargos, que fueron presidentes del SPD o ministros de Asuntos Exteriores o de Economía en los años 2000 y 2010, han aprobado una política que ha reforzado los vínculos económicos y energéticos entre Alemania y Rusia. Sobre todo, han demostrado una ceguera y una complacencia notables ante las tendencias mafiosas, represivas y belicistas del régimen de Putin
El ejemplo del ex canciller Gerhard Schröder es el más caricaturesco: remunerado durante años por grandes empresas rusas, nunca renegó de su amistad con el jefe de Estado ruso y continuó, tras la invasión de 2022, transmitiendo sus exigencias con respecto a Ucrania. A diferencia de él, algunos ex allegados han confesado sus errores de juicio. No obstante, como ha analizado Hans Stark, “la generación Schröder, que se afilió al partido para apoyar a Willy Brandt y su Ostpolitik, tiene hoy sin duda miedo de liquidar su legado y convierte la Ostpolitik y la política de paz en un mito sacrosanto”.
Otras voces piden que no se eche la soga tras el caldero. Es el caso del investigador Hans Kundnani, que critica a toda una serie de think tanks que fantasean con un “triunfo de Ucrania” y reprochan a Scholz que no lo haya hecho un objetivo explícito. Según él, la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos hace aún más improbable esa salida y urgente una solución negociada.
Ya en los años 70 y 80, el acercamiento a Europa del Este fue tan apreciado que generó ceguera política
La Ostpolitik, defiende Kundnani en un reciente artículo, se deformó tras el final de la Guerra Fría. El “cambio a través del acercamiento”, de naturaleza diplomática, se habría transformado en un “cambio a través del comercio”, una doctrina errónea según la cual la interdependencia comercial suavizaría las costumbres internacionales. Dado que estamos inmersos en una especie de “nueva guerra fría”, considera que habría que volver a la visión de Bahr: “pequeños pasos” para alcanzar lo que parece imposible, “un acuerdo de paz con Rusia”.
Sin embargo, no debemos olvidar que incluso la Ostpolitik inicial se tradujo en vínculos económicos y energéticos, y que ya en aquel entonces la aproximación con el Este fue tan apreciada que generó ceguera política. En el momento de la revuelta de Solidarność contra la dictadura de Jaruzelski en Polonia, las élites del SPD mantuvieron su distancia debido a una preferencia culpable por la “estabilidad” del régimen comunista.
Este es uno de los ejemplos que sin duda tenía en mente un colectivo de historiadores cuando escribió, en marzo de 2024, un artículo de opinión en el que reprendía al SPD por su falta de claridad en la cuestión ucraniana. “La tradición de la política exterior de Bahr sigue siendo el sello distintivo del SPD, sin ninguna crítica y con una retórica romántica”, escriben. “Esto no solo da una imagen falsa de la política rusa y de los intereses rusos, sino que también crea una base peligrosa, por errónea, para la futura política exterior”.
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Los límites del Zeitenwende revelan así, en el lado socialdemócrata de los partidos de gobierno alemanes, las inmensas dificultades que les esperan a los dirigentes del país. En pocos años se han ido derrumbando, uno a uno, los parámetros que han favorecido su seguridad y prosperidad. Afrontándolo o sufriéndolo, el cambio de época ocurrirá.
Traducción de Miguel López