A pesar de Donald Trump, en busca de la felicidad

La felicidad es idea, concepto, reflexión, política, desde el inicio de los tiempos. Se halla presente en las sociedades humanas y en quienes las gobiernan. Para anhelarla o para aniquilarla. De esto último la historia está repleta. En el llamado Occidente, ejemplos recientes son la Alemania nazi, la Italia de Mussolini o la España de Franco. Aún más recientes, el Israel de Netanyahu o los Estados Unidos de Donald Trump. Todos ellos insensibles a la máxima “El ser humano tiene derecho a ser feliz y es deber del gobernante conseguirlo”. 

La idea de la felicidad ha sido una constante en las reflexiones de los filósofos a lo largo de la historia. Platón (427 a.c.-347 a.c.) pensaba que la felicidad consistía en una vida dedicada al conocimiento y a la virtud. Para su discípulo Aristóteles (384 a.c.-322 a.c.) la felicidad (eudemonia) estribaba en una vida bien vivida, en la práctica de virtudes como la justicia, la moderación o la sabiduría. 

Los filósofos de la Ilustración fueron activos en este tema. A Rousseau (1712-1778) no le cabía duda de que “el objeto de la vida humana es la felicidad”. Distinguía entre felicidad privada y pública. Es deber de la comunidad política poner a los ciudadanos en situación de ser felices. Ha de crear condiciones óptimas para que aquellos puedan llevar a cabo la búsqueda de la felicidad en su sentido privado. Para Kant (1724-1804) la felicidad consiste en la plena satisfacción de todas nuestras necesidades. Estar contentos con la propia existencia. La felicidad no es algo innato a la persona. Debemos buscarla, conquistarla, según años después defendería Bertrand Russell (1872-1970), pues no nos viene dada. El matiz conquista, asimismo presente en Albert Camus (1913-1960): “La felicidad es la mayor de las conquistas, la que hacemos contra el destino que se nos impone”. La visión pesimista corresponde a Hegel (1770-1831), para quien “la historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco”. El inglés Jeremy Bentham (1748-1832), ateo, filósofo y jurista, patrocinador del utilitarismo, fue un gran reformador en la época. Revolucionario, me atrevería a decir. Activista de los derechos humanos y de los animales, partidario de la separación entre iglesia y estado, de la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, de la igualdad en derechos de las mujeres, del derecho al divorcio y de la despenalización de la homosexualidad. Definió como axioma fundamental de su filosofía el principio de que “la máxima felicidad del mayor número de personas es la medida de lo bueno y lo malo”. La mejor sociedad es aquella en que los ciudadanos son felices. 

La búsqueda de la felicidad es objetivo expresado en las Constituciones de numerosos Estados y en diversas Declaraciones nacionales e internacionales. Así, el artículo 13 de nuestra Constitución de Cádiz de 1812 reza: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de agosto de 1789, producto jurídico fundamental de la Revolución Francesa, alude en su Preámbulo a la felicidad como objeto del Gobierno de la Nación: “Los representantes del Pueblo Francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del Hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los Gobiernos, han resuelto exponer en una Declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del Hombre…para que esta Declaración… les recuerde permanentemente sus derechos y sus deberes…y para que puedan tender siempre a mantener la Constitución y la felicidad de todos”. 

Trece años se adelantaron a los franceses los independentistas norteamericanos de las  trece colonias de la Corona inglesa. Una de ellas, Virginia, proclama el 12-6- 1776 su Declaración de Derechos, texto emblemático del constitucionalismo universal, que en su artículo primero dice: “Todos los hombres son, por naturaleza, igualmente libres e independientes…tienen ciertos derechos inherentes…a saber, el goce de la vida y de la libertad con los medios de adquirir y poseer la propiedad y perseguir y obtener la felicidad y la seguridad”. Tres semanas después, el 4 de julio, es ratificada la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (título oficial “Declaración unánime de los trece Estados Unidos de América”). El texto se inicia así: “Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que le impulsan a la separación. Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”. 

El principio de felicidad ha sido abordado por las Naciones Unidas. En su resolución 65/309 de 19-7-2011, la Asamblea General, por unanimidad, califica “la búsqueda de la felicidad objetivo humano fundamental y manifestación del espíritu de los Objetivos de Desarrollo del Milenio”. Promovida por Bután, señala que “el indicador del producto interno bruto no fue concebido para reflejar la felicidad y el bienestar de las personas” e invita a los Estados miembros a “elaborar nuevas medidas que reflejen mejor la importancia de la búsqueda de la felicidad y el bienestar en el desarrollo”. Se trata de que la comunidad internacional reconozca la necesidad de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado, que promueva el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de todos los pueblos. 

Loor a Bután, monarquía constitucional en el Himalaya, entre China e India. Pequeño país de 41.000 kilómetros cuadrados y población de 800.000 habitantes, con una diplomacia capaz de plantear en ONU un asunto de esta naturaleza, en el que posiblemente su cultura budista haya tenido algo que ver. Lhatu Wangchuk, embajador en 2011 de este minúsculo gran Estado, afirmó al presentar su proyecto de resolución: “El anhelo por una vida satisfactoria, significativa y feliz es un objetivo fundamental para cualquier persona y es de hecho lo que nos hace humanos. El desarrollo y la prosperidad medidos sólo como acumulación de bienes materiales no solo no aporta ninguna felicidad, sino que es el germen de todos los males que están llevando a la Humanidad y a la Tierra a su autodestrucción. El desarrollo y la producción descontrolados agravan el cambio climático y destruyen las reservas naturales, lo que acabará llevando a la Humanidad a guerras por los recursos naturales más terroríficas que las del siglo XX”. 

Donald Trump ha incorporado a su gobierno a individuos alejados de los valores de la Declaración de Independencia o de la de los Derechos de Virginia, con currículos indeseables, empeñados en abolir derechos y libertades civiles

Si pudiera (aunque dé la impresión contraria, no puede con todo), Donald Trump intentaría humillar al embajador Wangchuk y anexionarse Bután, algo que asimismo le resultaría difícil dado que el reino himalayo es vecino de China e India. Ralph Nader advierte que “estamos tratando con un mentiroso compulsivo, patológicamente inestable y trastornado”. Como candidato, Trump prometió un “auge económico nunca visto”. En un mitin de octubre 2024, proclamó: “Iniciaremos una nueva era de altísimos ingresos y riqueza vertiginosa. Millones y millones de nuevos empleos y una clase media en auge”. En el discurso al Congreso sobre el estado de la Unión de 4-3-25, dijo que los aranceles que había ordenado causarían “algunas perturbaciones, pero no durarán”. El 9-3-25, en declaraciones a Fox News, manifestó que “hay un periodo de transición porque lo que estamos haciendo es muy grande. Durará un poco de tiempo, pero estamos trayendo de nuevo la riqueza a Estados Unidos”. Aun así, con las bolsas cayendo, el patológicamente inestable presidente dijo que una recesión no era descartable, al tiempo que JP Morgan y Golden Sacks afirman que una recesión en el año próximo es más probable a causa de los aranceles. Varios medios han recordado que la economía heredada por Trump era sólida, con bajo desempleo y una tasa de inflación decreciente. Lejos se halla el mentiroso presidente de las aspiraciones de la Declaración de Independencia. Obviamente, no comparte que todos los hombres son creados iguales, con derechos inalienables, entre ellos…la búsqueda de la felicidad. El patológicamente trastornado presidente causa dolor, no felicidad. Distanciado se encuentra de las reflexiones y actitudes de Platón, de la moderación y sabiduría aristotélicas, de las de los activistas de la Ilustración. 

Donald Trump ha incorporado a su gobierno (¿puede denominarse así la institución que preside?) a individuos alejados de los valores de la Declaración de Independencia o de la de los Derechos de Virginia, con currículos indeseables, empeñados en abolir derechos y libertades civiles. Gentes no cualificadas para el cargo, potencialmente peligrosas para la seguridad o la salud. Entre otros, Robert Kennedy Jr., ministro de Sanidad, activista anti vacunas y difusor de teorías de la conspiración. O Pete Hegseth, ministro de Defensa, presentador televisivo de Fox News, acusado en octubre de 2017 de agresión sexual. Contrario a acusar a soldado alguno de crímenes de guerra, a favor de inculcarles lo que denomina “ética guerrera”, partidario de relajar las normas de la guerra. Preguntado por un periodista si ello supondría abandonar las Convenciones de Ginebra, contestó que simplemente las reinterpretarían. O Kash Patel, director del FBI, que, días antes de los comicios de 2024, afirmó: “Desde mi trabajo en la próxima administración perseguiré a quienes en los medios de comunicación ayudaron a Biden a amañar las elecciones”. 

El presidente compulsivo es, además, un populista. O como lo califica, Timothy Snyder, un sadopopulista. El historiador de Yale denomina sadopopulismo a un tipo de populismo en el que el pueblo no recibe sino dolor cuando intenta lograr la felicidad. En ese populismo, el lema es “Yo, el líder y vosotros, el pueblo, estamos contra la élite y yo voy a transferiros una parte de la riqueza de la élite”, pero, asegura Snyder, Trump no está transfiriendo riqueza alguna de la élite al pueblo, sino al contrario y añade: “No está dando a la gente mayores oportunidades para perseguir la felicidad. Está creando más dolor en el sistema”. 

Es evidente que el mentiroso compulsivo, patológicamente inestable y trastornado presidente está causando dolor al sistema y a los ciudadanos. Al sistema estadounidense y al internacional. A los ciudadanos norteamericanos y a los del mundo. He aquí algunos ejemplos a nivel interno: desmantelamiento (a la espera de su aprobación en el Congreso) del ministerio de Educación, “en manos de izquierdistas y liberales, gente que odia a nuestros hijos”; sustanciales recortes en el sistema de seguridad social (Medicaid), que cubre a 71 millones de personas, incluidos millones de votantes de Trump. Recortes necesarios para compensar en el presupuesto la rebaja de impuestos a los ricos; desregulación de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), con el objetivo de revitalizar la industria automovilística; clausura de la emisora Voice of America, que emitía en 50 lenguas, con 354 millones de oyentes semanales, acusada de difundir “propaganda radical”.

El daño causado al sistema internacional, al planeta y a millones de personas desfavorecidas, en situaciones de miseria o hambruna, víctimas de crímenes de guerra o de lesa humanidad entre otras, se evidencia con los decretos firmados para retirarse de la Organización Mundial de la Salud, del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, del parisino Acuerdo del Clima o del Consenso OCDE para el impuesto mínimo a las multinacionales. El genio “eficiente” de Elon Musk ha logrado la cancelación del 83% de los programas de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Los restantes serán transferidos al Departamento de Estado para “ser administrados de manera más eficaz”, según su jefe Marco Rubio. Entre otros objetivos, la Agencia financiaba programas vitales para la salud, la educación y el control de epidemias en 120 países, que ayudaban a millones de personas, si no a alcanzar la felicidad, al menos a atenuar el sufrimiento. 

Ante este panorama y en estas circunstancias no parece fácil para la mayoría del pueblo norteamericano lograr la felicidad anhelada en la Declaración de Independencia. Ralph Nader sostiene que el discurso trumpiano al Congreso fue “una declaración de guerra contra el pueblo americano, incluidos los votantes de Trump, en favor de los super ricos y de las grandes corporaciones. Trump, Musk y Vance están instalando una dictadura imperialista y militarista que acabará en un Estado policiaco”. Sin duda, los aludidos considerarán a Nader un peligroso radical que debe ser eliminado. Sin embargo, medios no tan “radicales” exponen tesis similares. Por ejemplo, The Financial Times, en “Trump: an all-out assault on the rule of law” (22-3-25). Claro que este diario británico liberal-conservador puede ser objeto de persecución autoritaria, al igual que lo están siendo otros medios locales. 

He citado páginas arriba la sentencia de Camus: “La felicidad es la mayor de las conquistas, la que hacemos contra el destino que se nos impone”. No cabe duda de que Trump y la camarilla de oligarcas que le rodean (certeramente denunciados por el senador independiente por Vermont, Bernie Sanders) pretenden imponer un destino alejado de la felicidad. Numerosos ciudadanos se encuentran huérfanos de la máxima kantiana, no están contentos con la propia existencia y Donald Trump supone precisamente una amenaza existencial para los valores y principios que pueden hacerla grata. 

¿Cómo lograr en los actuales Estados Unidos que la aspiración de Jeremy Bentham (“La mejor sociedad es aquella en que los ciudadanos son felices”) se convierta en realidad? Veo una posibilidad de abrir camino en esa dirección en las elecciones de medio mandato para renovar parcialmente a congresistas, senadores y gobernadores. Durante los dos próximos años hasta la celebración de esos comicios, podría producirse un cambio de actitud en numerosos ciudadanos que votaron en 2024 al patológicamente inestable y trastornado presidente. La agresión trumpiana al sistema de Seguridad social, que perjudica a millones de personas independientemente de su ideología, supone un aliciente para cambiar de voto. Por otro lado, un número histórico de votantes de confesión musulmana se inclinó por Trump en noviembre, abandonando al Partido Demócrata, indignados por la política de Biden hacia Israel/Palestina. La actitud de apoyo incondicional de Trump a la limpieza étnica en Gaza promovida por Netanyahu y su propio y absurdo proyecto de crear una “Riviera turística” en el territorio, con mucha probabilidad cambiará el sentido del voto de muchos. Asimismo, numerosos ciudadanos de origen hispano que en noviembre abandonaron a los demócratas, alarmados por la actual política migratoria, podrían consolidar idéntica tendencia. El resultado de las votaciones de medio mandato puede ser clave para impulsar la búsqueda de la felicidad, dado que se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, un tercio de senadores y los gobernadores de 34 de los 40 Estados de la Unión. 

De no ser así, lamentable y angustiosamente, el país tal vez podría sumirse en el sentimiento de desesperación que, tres días antes de la victoria en noviembre del cabecilla del MAGA, el periodista y escritor Shaun Micallef, expresaba así: “Creo que la única manera de que América sea verdaderamente grande de nuevo es que los británicos vuelvan a invadirnos y hagan de América lo que en su día fue: 13 colonias separadas que producen principalmente tabaco, arroz e índigo”.

________________________________

Emilio Menéndez del Valle es embajador de España.

Más sobre este tema
stats