MACHISMO
El avance ultra más allá de la machosfera: la misoginia atrapa a los jóvenes sin que sus padres se enteren

La miniserie Adolescencia ha tenido la habilidad de introducir un debate que hasta ahora sólo había permeado en los círculos feministas, pasando desapercibido para el grueso de la población: cómo nace la violencia, la radicalización y el odio misógino que construye la identidad de los chicos jóvenes. Los cuatro capítulos de la producción británica proponen un análisis sobre la violencia contra las mujeres como expresión de la frustración masculina, sitúan el foco sobre las redes sociales como herramienta al servicio de los discursos misóginos y evidencian el fracaso de la institución educativa y familiar.
La intuición de una juventud cada vez más escorada hacia posiciones conservadoras, extremas en algunos casos, lleva tiempo en la conversación. Y los datos sugieren que no se trata de una ficción. La encuesta Radiografía intergeneracional de la desigualdad de género, elaborada el año pasado por 40dB para El País y la Cadena Ser, cincela una evidente brecha de género entre los más jóvenes: solo el 35,1% de chicos se considera feminista, mientras que en ellas ese porcentaje asciende al 66%. El Barómetro de opinión de infancia y adolescencia 2023-2024, publicado el mes pasado por Unicef España, muestra que las desigualdades de género, el machismo y la violencia contra las mujeres están a la cola de los problemas expresados por niños y adolescentes.
Otra encuesta publicada en la víspera del 8M por Ipsos, revela que "la persistencia de los estereotipos de género que conciben la masculinidad como algo incompatible con las tareas domésticas o el cuidado se refleja en el 14% de población española". Una tendencia, advierten, que es creciente entre la Generación Z, donde el porcentaje se dispara al 23%, tres puntos por encima respecto al año pasado y mucho mayor que en otras generaciones. Y el estudio La brecha ideológica de género en la Generación Z en España confirma las sospechas: los varones jóvenes son quienes en mayor medida creen que ahora se discrimina a los hombres.
Redibujar el perfil
Adolescencia introduce la figura de un chico inteligente y discreto, aparentemente alejado del rol clásico de matón adolescente. Su protagonista parece tener acceso a los bienes materiales que quiere y necesita, sus expectativas vitales no están condicionadas por elementos de clase, pero su realidad está atravesada por un gran obstáculo: la carencia de capital social. El protagonista se siente incapaz de alcanzar el ideal adolescente de éxito, especialmente en lo que respecta a las chicas de su entorno. Pone rostro a los denominados incels –célibes involuntarios–, una figura marcada por una connotación misógina, pero que guarda relación con otros términos que se popularizaron en su día como pagafantas o friendzone.
Y es ahí precisamente donde encuentra el canal perfecto para dar rienda suelta a su frustración: en el odio hacia las mujeres. Una dinámica que sólo resulta socialmente reprochable cuando alcanza su máxima expresión –en el caso de la serie, con el asesinato–, pero que pasa desapercibida en lo cotidiano.
Marian Moreno lo observa más allá de la pantalla: "Este perfil es un campo muy abonado para los mensajes de la ultraderecha y de la manosfera", señala en conversación con infoLibre la profesora y experta en coeducación. La mirada ajena, introduce, afecta sobremanera a los preadolescentes que "creen que no van a triunfar con las mujeres", especialmente en un "momento de explosión hormonal". Ahí emerge el "miedo extremo a fracasar" y es en ese momento preciso cuando el acceso a discursos reaccionarios sirve para transformar la frustración en ira hacia un enemigo común: las responsables de ese potencial fracaso, las mujeres. "En realidad el mensaje es muy antiguo", abunda la educadora, "lo hemos oído siempre: las mujeres son unas putas y unas brujas".
Las investigaciones elaboradas por Save The Children apuntan hacia el mismo perfil: "Chicos con inseguridades y un comportamiento mucho más retraído", dibuja Catalina Perazzo, directora de Incidencia Social y Política de la ONG. Advierte de las limitaciones a la hora de hablar de perfiles, pero sí cree que la evidencia recogida hasta ahora sugiere que conviene "prestar atención a estas situaciones". En los casos de acoso y de violencia, recuerda, siempre se ha sabido que la víctima puede reproducir comportamientos violentos.
Octavio Salazar, profesor en la Universidad de Córdoba, también cree que el primer paso de cualquier análisis pasa por impugnar la idea de "perfiles casi monstruosos, igual que se ha hecho con la violencia sexual". Hasta ahora, esa imagen permitía a los hombres distanciarse, convencidos de que esa violencia sólo interpela a "tipos raros, perdidos o que tienen un problemón", expone el docente. Es decir, a una minoría. "Pero la realidad que vemos casi a diario es que hay un problema que atraviesa a la adolescencia, a la primera juventud y a los chicos en general y que tiene que ver con cómo se ubican en un mundo en el que han perdido buena parte de sus referencias", un vacío que ahora está siendo "ocupado por estos discursos".
Las redes sociales
Ahora son las redes, pero antes podían ser el patio del colegio o el banco del parque. Internet tiene la capacidad de viralizar un mensaje, democratizar su acceso y hacerlo atractivo para cualquiera, a todas horas y en cualquier parte del mundo. Pero el mensaje no es nuevo. "Las redes no dejan de ser un reflejo de lo que tenemos en la sociedad", observa Moreno. "En realidad, lo que ha pasado es que se ha puesto luz sobre un problema del que llevamos tiempo advirtiendo: la radicalización de una parte de la sociedad hacia un machismo brutal, en base a la falacia de que la igualdad ya está conseguida. Ahora nos echamos las manos a la cabeza, pero las feministas llevamos años advirtiendo de estas tribus misóginas", subraya la educadora.
Para Salazar, el problema es que las redes sociales no sólo difunden los discursos machistas, sino que además tienen la capacidad de moldear las expectativas de los jóvenes: "A través de las ventanas digitales se nos generan expectativas altas de lo que es el éxito, una ficción insostenible e insoportable para esta gente joven que cree que el mundo real tiene que ver con eso". Y los chicos jóvenes "carecen de recursos emocionales para sostenerse en el mundo real", por lo que se "agarran al enfado, a la ira, al sentirse agraviados y eso lo proyectan en las relaciones con las chicas". La búsqueda de un culpable es una de las principales estrategias de los discursos ultras, quienes también ha puesto en el punto de mira a las personas migrantes.
Fracaso social e institucional
Pero no siempre hay que irse a las redes sociales para encontrar el germen del problema. A veces, las redes son sólo un añadido. Surge entonces una pregunta: ¿qué pasa con las familias? En el mejor de los casos, se encuentran desorientadas, desbordadas o sin las herramientas necesarias para enfrentar un problema de calado. Pero otra veces, la institución familiar ha demostrado ser foco de violencias –contra las mujeres, la infancia y las disidencias, fundamentalmente– y se ha llegado a dibujar como el molde perfecto para introducir esa violencia que ahora los más jóvenes reproducen. Los hombres que son padres han sido primero educados en la violencia como patrimonio de la masculinidad, pero no sólo: también la han asimilado como pilar sobre el que se vertebra la jerarquía familiar y la paternidad en sí misma.
Unos padres perplejos se preguntan en Adolescencia qué ha podido salir mal con su hijo, ya cumpliendo condena por asesinar a su compañera. Lo hacen minutos después de que un episodio violento haya sido utilizado por el cabeza de familia como instrumento para resolver un conflicto, paralizando a las mujeres que lo acompañan.
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"La manosfera no es la causa, sino una de las consecuencias. ¿Consecuencia de qué? Del atronador silencio de sus mayores, de la parálisis de los padres y abuelos de esos chavales, de su mutismo frente a la violencia que las mujeres llevamos años relatando por doquier", escribe en este artículo la periodista Cristina Fallarás. Daniel Valero expone en esta otra columna cómo la serie "señala a las comunidades misóginas de internet, pero también señala a las estructuras sociales y patrones culturales que crean el ecosistema en el que estas pueden tener éxito", entre ellas la figura paternal, "un hombre que parece cumplir la mayoría de las expectativas de la masculinidad hegemónica, y que parece ser el primero que pone esa presión de cumplirla también en su hijo".
Marian Moreno recuerda que la educación en igualdad es una obligación para la institución educativa, pero no para las familias. Así que el otro factor de la ecuación pasa necesariamente por desviar la mirada también hacia las aulas como espacios claves para contener esa violencia. "No ha habido nunca una sistematización de la educación para la igualdad", recalca la educadora. La coeducación se ha dejado siempre al albur de la voluntad individual de los docentes, quienes en no pocas ocasiones han tenido que asumir persecuciones y castigos ejemplarizantes. "No es un fracaso de la coeducación, sino del sistema educativo y de la sociedad en general".
Las voces consultadas llevan tiempo transitando por la misma pregunta: ¿cómo recuperar a estos jóvenes radicalizados? "No podemos hacerlo desde la idea de las nuevas masculinidades, porque eso no cala en los niños de doce años", observa Moreno. A su juicio, la receta pasa por sentarse frente a los chicos de manera individualizada, porque en una dinámica grupal "entran en juego cuestiones como la imagen ante el grupo y la defensa de la masculinidad". Coincide Salazar, pese a su apuesta explícita por la búsqueda de nuevos modelos masculinos. "No les interpela", reconoce. Y de hecho se genera "una especie de muro" que les hace "confrontar enseguida con el feminismo". Así que hay que "situarse en el contexto de cómo reconstruimos este mundo, cómo empezamos a construirnos de otra manera y escucharles a ellos, porque muchas veces no tienen los espacios adecuados cuando necesitan hablar y ser escuchados. A partir de ese trabajo, avanzaríamos", asiente convencido.