El debate no son las armas Pilar Velasco

Me resisto a creer que el expolio regulatorio e institucional que están ejecutando los esbirros de Elon Musk, disfrazados de oficialidad bajo las siglas del a mis ojos paralegal Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), no pueda ser paralizado de inmediato.
Chavales sobreexcitados a la vez que con absoluta templanza están entrando en todas y cada una de las agencias federales estadounidenses, muchas de ellas garantes de derechos, y haciendo no sabemos muy bien, o exactamente, qué: despedir a personal funcionario a discreción, haciendo copias de todos los datos allí alojados, todos sensibles, eliminando información pública, modificando contenidos y quién sabe si alterando la programación de algoritmos que condicionan la vida de muchas personas.
Nos encontramos paralizadas ante una sucesión imparable de acciones insólitas y desproporcionadas (cada una de ellas por sí sola ya lo es) ejecutadas marcialmente de forma tan opaca, brusca y veloz. Cuánta prisa. Qué malas formas. Qué miedo.
Actúan como esos bros o señoros de toda edad y condición que en cualquier conversación airada no solo elevan el tono de voz, sino también la velocidad de sus palabros para desautorizar por aturullo a la contraparte. Y lo consiguen, oye.
No nos da tiempo a procesar tanto desbarajuste. No nos da tiempo a entender en un primer momento las implicaciones de esas acciones, todas ellas maléficas y arrebatadoras de derechos de las personas comunes, con más prisa cuando se trata de derechos conquistados por las mujeres, por los migrantes, por las personas trans y las de escasos recursos. Las más vulnerables, vaya. Las personas que no son hombres blancos cisheteros homófobos, xenófobos y resentidos de la vida con mucho patrimonio y muchas ansias de poder absoluto.
Nos encontramos paralizadas ante una sucesión imparable de acciones insólitas y desproporcionadas (cada una de ellas por sí sola ya lo es) ejecutadas marcialmente de forma tan opaca, brusca y veloz
Pareciera que en EEUU existen lagunas regulatorias e institucionales o puntos ciegos por donde se está colando la desacomplejadamente malvada administración Trump para desguazar el contrato social existente. Y para que las fuentes del derecho sean pura testosterona en el país que hasta hace no mucho era paradigma de las democracias liberales.
Hoy EEUU es, en mi opinión, un país frustrado, desmoronándose, en vías de subdesarrollo. No me atrevo a llamarlo Estado fallido, o en vías de serlo, porque esa denominación está reservada a los países del sur, a los de abajo. Una convención como otra cualquiera que, como muchas, amerita ser revisada y actualizada.
El término Estado fallido se popularizó tras la publicación en Foreign Policy del artículo “Saving failed states” en 1993. Gerald Helman y Steven Ratner los definieron como aquellos Estados incapaces de funcionar como entidades independientes y cuyas estructuras institucionales se ven superadas por los acontecimientos y las circunstancias.
Un año más tarde de acuñarse el término, la CIA auspició un proyecto de investigación de la Universidad de Maryland ("The State Failure Task Force") para identificar las causas del fracaso de los Estados con una amplísima muestra de conflictos nacionales entre 1955 y 1994 como guerras civiles, asesinatos masivos y cambios disruptivos de régimen), a razón de tres por año, como bien explica este artículo (“The crystal ball of chaos”) de la revista Nature.
El Índice de Estados Fallidos (o Frágiles), elaborado en la actualidad por el Fondo para la Paz (1957) incluye 177 países (cuando empezó a elaborarse en 2005 eran 75 los países, todas excolonias, ninguno ex metrópoli) y más de 100 indicadores de “fracaso estatal” agrupados en doce dimensiones sociales, económicas, políticas y de cohesión. Es chulísimo, os recomiendo asomaros.
El ranking de 2024 situaba a EE. UU. en la posición 141 sobre 177 (más arriba en la lista supone mayor fragilidad). A España en la 143. Curiosamente, Argentina se posicionaba entre ambos.
La mayoría de los indicadores recogen información sistematizada sobre aspectos y percepciones muy bien descritas en algunas lecturas que también os recomiendo si este tema os resulta interesante. Y lo hago en el orden en el que yo las leí, que me parece que es el correcto.
La primera es Por qué fracasan los países, del Premio Nobel de Economía en 2024 Daron Acemoğlu y James A. Robinson. La segunda es El desmoronamiento. Treinta años de declive americano, de George Packer. La tercera es The People vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It, de Yascha Mounk. Y la cuarta es Final de partida, de Peter Turchin.
En este último he descubierto una disciplina muy curiosa y ecléctica: la cliodinámica. Clío era la musa o diosa griega protectora de la Historia. De estar hoy entre nosotros, Clío estaría también desbordada con los acontecimientos.
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Verónica López Sabater es economista y consejera de la Cámara de Cuentas de Madrid.
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